Ultimamente no tengo mucho tiempo, ya se sabe que el final de curso es una época complicada para los estudiantes, y más aún si además de ser final de curso es final de carrera. Así que he descuidado un poco el blog, pero hoy he leido este texto que os copio, me ha gustado y me he sentido identificada, así que he pensado que podía ser una buena entrada. Espero que os guste.
SÍNDROME DE LOS VEINTITANTOS
Le llaman la “crisis del primer cuarto de vida”.
Te empiezas a dar cuenta que tu círculo de amigos es más pequeño que hace unos años atrás.
Te das cuenta de que cada vez es más difícil ver a tus amigos y coordinar horarios por diferentes cuestiones: trabajo, estudios, etc…
Y cada vez disfrutas más de esa cervecita que sirve como excusa para conversar un rato.
Las multitudes ya no son “tan divertidas”… incluso a veces te incomodan.
Y extrañas la comodidad del colegio, de los grupos, de sociabilizar con la misma
gente de forma constante.
Pero te empiezas a dar cuenta que mientras algunos son verdaderos amigos otros no eran tan especiales después de todo. Entendiste que la amistad después de todo no se basa en el tiempo, sino en la calidad de la personas que tienes a tu lado.
Te empiezas a dar cuenta de que algunas personas son egoístas y que, a lo mejor, esos amigos que creías cercanos o que los conservas desde hace mucho tiempo, no son exactamente las mejores personas que has conocido y que hay más gente que te rodea, a quienes le debes poner mayor atención y verás quienes resultan ser amigos de los más importantes para ti.
Ríes con más ganas, pero lloras con menos lágrimas, y con más dolor.
Entendiste que el tiempo no sana las heridas, sino que alarga las agonías.
Aprendiste que las peleas son distintas a las discusiones y que las discusiones surgen en base al cariño y engrandecen las relaciones.
Entendiste que los tiempos no existen y que las desiciones hay que tomarlas alguna vez en la vida.
Aprendiste que alguien más que tú puede tener la razón, y que con los sentimientos ajenos no se juega.
Aprendiste que las parejas van y vienen, y que hay gente que queda y que siempre estará.
Aprendiste a escuchar y a valorar los pequeños detalles del resto, que marcan la diferencia entre las multitudes.
Aprendiste que la calidez de palabras, los oidos atentos, las palabras sinceras y una incondicional lealtad, no te la da nadie más que un verdadero amigo.
Aprendiste que la confianza es algo que se siembra, se riega, se cultiva y se cosecha, que hay que ganásela y saber mantenerla.
Que es para una persona especial, que no es para todos, y que lamentablemente no se regala y cuando se pierde es imposible recuperarla.
Te rompen el corazón y te preguntas cómo esa persona que significaba tanto te pudo hacer tanto mal.
O quizás te acuestes por las noches y te preguntes por qué no puedes conocer a una persona lo suficientemente interesante como para querer conocerla mejor.
Los ligues y las citas de una noche te empiezan a parecer baratos, y emborracharte y actuar como un idiota empieza a parecerte verdaderamente estúpido.
Salir tres veces por fin de semana resulta agotador y significa mucho dinero para tu pequeña billetera.
Tratas día a día de empezar a entenderte a ti mismo, sobre lo que quieres y lo que no.
Tus opiniones se vuelven más fuertes.
Ves lo que los demás están haciendo y te encuentras a ti mismo juzgando un poco más de lo usual porque de repente tienes ciertos lazos en tu vida y adicionas cosas a tu lista de lo que es aceptable y de lo que no lo es.
A veces te sientes genial e invencible, y otras… con miedo, solo y confundido.
De repente tratas de aferrarte al pasado, pero te das cuenta de que el pasado cada vez se aleja más y que no hay otra opción que seguir avanzando y de saber conservar bien el presente porque será tu unica compañía en el
futuro.
Lo que puede que no te des cuenta es que todos los que estamos leyendo esto nos identificamos con ello.
Todos nosotros tenemos “veintitantos” y nos gustaría volver a los 15 -16 algunas veces, pero sabemos que hay gente que ha aparecido en nuestro camino durante estos ultimos años que son únicos.
Parece ser un lugar inestable, un camino en tránsito, un desbarajuste en la cabeza… pero TODOS dicen que es la mejor época de nuestras vidas y no tenemos que desaprovecharla por culpa de nuestros miedos…
Dicen que estos tiempos son los cimientos de nuestro futuro, que las amistades universitarias son las verdaderas y que estamos entrando a la realidad de nuestras vidas.
Parece que fue ayer que teníamos 16… ¿¡Entonces mañana tendremos 30!? ¿¿¿¡¡¡Así de rápido!!!???
Hagamos valer nuestro tiempo…que no se nos pase!
“La vida no se mide por las veces que respiras, sino por aquellos momentos que te dejan sin aliento”…
jueves, 4 de septiembre de 2014
Una Conexión Especial
Hay gente con la que se tiene una conexión especial, de eso no me cabe la menor duda. Es bien sabido que con algunos tenemos química desde el principio o como yo le suelo desir hay "onda". No sé porque será eso, y tampoco me he preocupado nunca mucho por ello ni averigual el porque, pero la verdad que es algo que me encanta saber de esto.
Ayer me reencontreé con una vieja amiga la cual me ha hecho pensar sobre este tema.
Hacía mucho que no la veía, esto del trabajo romió mis rutinas, y el resto de las otras cosas que e tenido que hacer, y de verle todas las semanas. Losmartes y los dias jueves eran nuestros dias juntos, de 7 a 8 y 30 nos veiamos constantemente, aun que algún dia lo alargabamos con alguna cerverza luego del trabajo.
No me cayó demasiado bien cuando nos presentamos, se dio ciertos aires de prepotencia, supongo que pensando que yo era un niñito inmaduro de 17 años creyéndose mayor, ya que tengo cara de bebe y aparento menos de la edad que tengo, sin embargo bastó tan solo una hora y media para que se produjese esa conexión especial entre los dos. Al final de ese primer dia de trabajo supimos que ibamos a ser especiales el uno para el otro.
Probablemente ella fue la razón por la que yo no faltaba ni un solo dia al trabajo, y por la que me volví a apuntar en el contrato para seguir trabajando en ese lugar, 8 horas a la semana nos dieron para conosernos los suficientemente bien, no hubo un solo día que no nos hablaramos y estubieramos juntos y comentaramos sobre cualquer cosa, contandonos mucho mas de lo que puedes llegar a contar a cualquer compañero de trabajo. Y asi llego a conoserme mejor que muchas de mis intimas amigas o amigos. No sé si se asustó o me sorprendió la primera vez que ella me dijo algo acerca de como era yo, con un simple comentario dejó al descubierto una de mis debilidades que yo creía más ocultas, y me di cuenta que en poco menos de un mes me había calado por completo de como era yo. Algo había entre nosotros que hizo que la confianza surgiera rapidísimo y estuviéramos especialmente cómodos el uno con el otro.
Supongo que son las cosas de la vida, que hay gente con la que vas a conectar en seguida, pero entre nosotros habia algo más que eso, Nunca dijimos nada, nunca hubo ningún acercamiento pero la relación no era solo de amigos y había una chispa especial entre nosotros dos, un tonteo que hacía que nos lo pasásemos fenomenal el uno con el otro.
Había algo que hacía que el tiempo volase cuando estábamos juntos, y siempre se nos hiciera tarde sin darnos cuenta. Que cualquer plan, si ibamos a coincidir ya nos pareciese divertido.
Supongo de que el hecho de que nunca coincidiésemos estar solteros los dos, fue lo que hizo que nunca pasase nada entre nosotros dos. Pero cuando acabara mi contrato y ya no y sabía que no trabajaria mas en ese lugar y que no la veria mas. Y entonces pensé que había perdido totalmente la oportunidad con ella y que debia aberme movido para poder tener algo con ella. Me propuse que si le volvía a ver seria mas directo, y no me quedaría con la duda de si tenía que aver ligado con ella o no. Todos esos sentimientos eran muy fuertes en ese entonces, pero en dos años sólo había hablado con ella un par de veces, nos felicitamos el cumpleaños de cada uno y un poco más. Así que simplemente se había quedado en una chica que fue especial para mi, a la que le había tenido mucho cariño pero que había desaparecido de mi vida.
Ayer, supongo que por casualidades de la vida, por el capricho del destino o por que en mi ciudad no es tan grande como creemos nos volbimos a reencontrar. Estabamos en una discoteca, cada unos con sus amigos, pero cuando nos vimos nos hizo una ilusión tremenda a los dos y nos olvidamos del resto del mundo.
Nos pusimos al día de todas las cosas hablando, contandonos de que haciamos cada uno ahora y de que había sido de nosotros en los ultimos dos años, un resumen de las hazañas mas importantes y entre risas y copas fue pasando el tiempo y como en una evolución natural de nuestra converzación llegamos a hablar de nosotros, eso que había sido un tema tabú salíó bromeando y nos pareció de lo mas normal. La conversación estubo llena de ironías y bromas, pero así era mas fácil, entonces ella me dijo "entre broma y broma la verdad se asoma" y me iso ver que los dos pensábamos igual, que entre todas esas risas que había mas de un sentimiento escondido y la conversación se fue dirigiendo a que podría pasar ahora, cada vez menos irónia, cada vez mas seria.
Habíamos estado tan bien juntos que no nos habíamos dado cuenta de la hora, pero ya era muy tarde y estaban cerrando. Nos despedimos como dos buenos amigos que hacía tiempo que no se veían y me fui a la casa con una sonrrisa de oreja a oreja.
Esta mañana amanecí con un mensaje suyo y hemos estado hablando todo el día, bromeando y sacando a la luz la complicidad que teníamos. Pero ahora me pregunto: ¿ sera demaciado tarde, o sera el momento de que empiese algo? Supongo que ya lo descubriré pero por ahora tengo la ilusión de haberme reencontrado con una gran amiga y quién sabe si con el tiempo llegue a ser algo mas.
Ayer me reencontreé con una vieja amiga la cual me ha hecho pensar sobre este tema.
Hacía mucho que no la veía, esto del trabajo romió mis rutinas, y el resto de las otras cosas que e tenido que hacer, y de verle todas las semanas. Losmartes y los dias jueves eran nuestros dias juntos, de 7 a 8 y 30 nos veiamos constantemente, aun que algún dia lo alargabamos con alguna cerverza luego del trabajo.
No me cayó demasiado bien cuando nos presentamos, se dio ciertos aires de prepotencia, supongo que pensando que yo era un niñito inmaduro de 17 años creyéndose mayor, ya que tengo cara de bebe y aparento menos de la edad que tengo, sin embargo bastó tan solo una hora y media para que se produjese esa conexión especial entre los dos. Al final de ese primer dia de trabajo supimos que ibamos a ser especiales el uno para el otro.
Probablemente ella fue la razón por la que yo no faltaba ni un solo dia al trabajo, y por la que me volví a apuntar en el contrato para seguir trabajando en ese lugar, 8 horas a la semana nos dieron para conosernos los suficientemente bien, no hubo un solo día que no nos hablaramos y estubieramos juntos y comentaramos sobre cualquer cosa, contandonos mucho mas de lo que puedes llegar a contar a cualquer compañero de trabajo. Y asi llego a conoserme mejor que muchas de mis intimas amigas o amigos. No sé si se asustó o me sorprendió la primera vez que ella me dijo algo acerca de como era yo, con un simple comentario dejó al descubierto una de mis debilidades que yo creía más ocultas, y me di cuenta que en poco menos de un mes me había calado por completo de como era yo. Algo había entre nosotros que hizo que la confianza surgiera rapidísimo y estuviéramos especialmente cómodos el uno con el otro.
Supongo que son las cosas de la vida, que hay gente con la que vas a conectar en seguida, pero entre nosotros habia algo más que eso, Nunca dijimos nada, nunca hubo ningún acercamiento pero la relación no era solo de amigos y había una chispa especial entre nosotros dos, un tonteo que hacía que nos lo pasásemos fenomenal el uno con el otro.
Había algo que hacía que el tiempo volase cuando estábamos juntos, y siempre se nos hiciera tarde sin darnos cuenta. Que cualquer plan, si ibamos a coincidir ya nos pareciese divertido.
Supongo de que el hecho de que nunca coincidiésemos estar solteros los dos, fue lo que hizo que nunca pasase nada entre nosotros dos. Pero cuando acabara mi contrato y ya no y sabía que no trabajaria mas en ese lugar y que no la veria mas. Y entonces pensé que había perdido totalmente la oportunidad con ella y que debia aberme movido para poder tener algo con ella. Me propuse que si le volvía a ver seria mas directo, y no me quedaría con la duda de si tenía que aver ligado con ella o no. Todos esos sentimientos eran muy fuertes en ese entonces, pero en dos años sólo había hablado con ella un par de veces, nos felicitamos el cumpleaños de cada uno y un poco más. Así que simplemente se había quedado en una chica que fue especial para mi, a la que le había tenido mucho cariño pero que había desaparecido de mi vida.
Ayer, supongo que por casualidades de la vida, por el capricho del destino o por que en mi ciudad no es tan grande como creemos nos volbimos a reencontrar. Estabamos en una discoteca, cada unos con sus amigos, pero cuando nos vimos nos hizo una ilusión tremenda a los dos y nos olvidamos del resto del mundo.
Nos pusimos al día de todas las cosas hablando, contandonos de que haciamos cada uno ahora y de que había sido de nosotros en los ultimos dos años, un resumen de las hazañas mas importantes y entre risas y copas fue pasando el tiempo y como en una evolución natural de nuestra converzación llegamos a hablar de nosotros, eso que había sido un tema tabú salíó bromeando y nos pareció de lo mas normal. La conversación estubo llena de ironías y bromas, pero así era mas fácil, entonces ella me dijo "entre broma y broma la verdad se asoma" y me iso ver que los dos pensábamos igual, que entre todas esas risas que había mas de un sentimiento escondido y la conversación se fue dirigiendo a que podría pasar ahora, cada vez menos irónia, cada vez mas seria.
Habíamos estado tan bien juntos que no nos habíamos dado cuenta de la hora, pero ya era muy tarde y estaban cerrando. Nos despedimos como dos buenos amigos que hacía tiempo que no se veían y me fui a la casa con una sonrrisa de oreja a oreja.
Esta mañana amanecí con un mensaje suyo y hemos estado hablando todo el día, bromeando y sacando a la luz la complicidad que teníamos. Pero ahora me pregunto: ¿ sera demaciado tarde, o sera el momento de que empiese algo? Supongo que ya lo descubriré pero por ahora tengo la ilusión de haberme reencontrado con una gran amiga y quién sabe si con el tiempo llegue a ser algo mas.
¿Para qué sirve una amiga?
A algunos se les escapa demasiado rápido un “esa es mi amiga”. Para mí, son los que no saben filtrar y tratar, significa que no valoran lo que es una amistad verdadera y lo que supone. Yo considero que conocidos tengo muchos, a puñados, unos más tratables, otros más especiales, pero lo que son realmente amigas, por las que haría cualquier cosa, las cuento con los dedos de una mano. Las cosas claras. Y si ya son transparentes, mejor. No es algo que trate a la ligera.
Y eso es porque las amigas verdaderas son tan difíciles de encontrar como dos gotas de agua idénticas. Es que no se encuentran todos los días. Ni todos los años. La buena amistad son años de confianza, momentos demasiado memorables y empujones acertados. Es conocerse hasta el punto de saber sus flaquezas y poder predecir sus movimientos. Es hacer terapia durante una ruptura sin importar las horas día tras día, y si es en una azotea con brisa veraniega mejor. Es luchar juntas contra viento y marea y lo que toque. Es saber que realmente va a estar ahí a pesar de las consecuencias porque te lo ha demostrado no una ni cien veces, sino infinitas. Y sobre todo, es saber que va a haber alguien que te diga “basta” cuando nadie más se atreve.
Para mí, una amiga te da la enhorabuena cuando has actuado bien y te pone los puntos sobre las íes cuando lo has hecho mal. Una amiga no te dirá la verdad así como así, en bruto y sin pulir, sino que sabrá pasarla a través de tus filtros más personales porque es la única forma en la que sabe que te calará bien. Porque te conoce casi mejor que tu madre. Una amiga no se limitará a desearte que las cosas “te vayan bonito” sino que participará activamente en tu vida, intentando mejorarla como Dios la haya dado a entender. A su manera, que es la que más aprecias. Ambas sabéis cómo son las personas con las que queréis acabar y, sí, veranearéis todos juntos. Es indiscutible.
Con una amiga, siempre tienes unos planes fijos que no harías con absolutamente nadie más. Te da igual. Es un tema inamovible y no negociable. Punto y final. Sería una profanación absoluta incluir a otra persona en ellos. Son momentos vuestros que necesitáis para seguir adelante. Una amiga es aquella con la que vas a un concierto, perdéis a todos para meteros en el mogollón y cantáis como un par de locas. Hasta puede que os emocionéis. Una amiga es la que te convence para ir a un festival de música, después de perjurar que jamás pisarías semejante lugar, y que cuando acabe darte cuenta de que te lo has pasado como nunca.
Una amiga es con la que eres capaz de hacer noche tras noche un mano a mano y no cansarte jamás. Y que cuando os despidáis se preocupa por que hayas llegado de un pedazo a casa porque el taxista tenía pinta rara y olía mal. Pero además de salir de fiesta, una amiga es aquella con la que puedes ir a conocer lugares nuevos. O con la que ir al bar de siempre, al que habéis bautizado con vuestro propio nombre, hasta tal punto que los demás os pregunten si estáis abonadas ahí. Sabes que a ella la puedes invitar a cualquier plan bajo cualquier circunstancia porque siempre será una más.
Una amiga es la persona con la que te quieres ir a vivir. Está ya pensado todo: la zona, cómo va ser el piso y el buen plan que es. La decisión no es casualidad sino fruto de la más pura de las estrategias elaborada durante años porque ya que estamos, hay que vivir al máximo. Que dicen que la vida son dos días, pero si conseguimos estirarlo a tres, las dos sabremos que hemos vencido.
La que es amiga te pregunta por tu familia, no solo por el rollito del momento. Se interesa por tu trabajo hasta el punto de investigar sobre la empresa en la que echas nueve horas al día e informarse sobre qué se dedica. Hasta se lee los artículos del periódico que hablan de ella.
Una amiga llega a un punto en el que se acaba aprendiendo tu número de teléfono para poder contactarte si se queda sin batería, porque eres vital e imprescindible. También te comentará después de haber ido de compras un par de cosas que ha visto que te gustarían porque se conoce tus gustos a la perfección, por muy distintos que sean de los suyos.
Una amiga no es la que te escribe a todas horas contándote su vida. No es necesario. Es la que te manda un “necesito hablar contigo” y comentáis el problema en el susodicho bar o simplemente os quejáis de la vida con un té (verde, porque sino nada tiene sentido) o sucedáneo de por medio. Es la que con una mirada te ha dicho todo y más.
Una amiga es la que te dice las cosas que no te gustan oír, por muy difícil que sea a veces. Que se preocupa por ti como lo haría una hermana, o incluso más, porque ya es familia. Que sabe lo que te pasa cuando tú aún lo desconoces. Que te escribe cuando os separáis porque lo divertido es comentar la quedada. Que pese al tiempo, la distancia y alguna discusión puntual, sigáis queriendo contaros todas vuestras novedades al más mínimo detalle. Que si una de las dos deja de fumar, pues jode porque el cafecito y el marujeo no serán lo mismo pero qué más da porque se disfruta igual.
La amistad verdadera no es como el buen vino, que sólo se saborea en la mejor de las ocasiones, sino que es como una botella normal y corriente, porque está ahí, dispuesta a ser abierta y disfrutada a cualquier hora en cualquier día.
martes, 2 de septiembre de 2014
Mujer se tu misma
Esta entrada va dedicada para las mujeres que a veces o la mayoría de las veces intentan aparentar ante otras personas, cuando en realizad lo que de verdad se valora en sí es su propia identidad, por ello escribo esto para que lo lean y lo puedan tener de alguna forma en cuenta como personas y como mujeres que son, que lo exterior no lo es todo y que importa mas en como es uno por dentro y sobre todo como es uno realmente, lo que uno aparente por fuera no significa nada, ya que solo se esta aparentando y están negando su propia identidad, y eso déjenme decirles que esta muy mal, así que espero sinceramente de mi parte que esto lo puedan tener en cuenta.
“Sé tu misma”, es probablemente el consejo que más veces me han dado en mi vida. Sirve para todo; para una entrevista, para ligar con alguien, para cuando vas a conocer a alguien que te importa la impresión que se lleven de ti, para un primer día en la uni o en la oficina… y así podría seguir poniendo un sin fin de situaciones.
Siempre lo he oído, pero nunca le di demasiada importancia a este consejo. “Es lo típico que se dice”, había pensado cada vez que lo escuchaba. Pero ayer, mientras yo nerviosa pedía consejo a mi amiga Lourdes sobre que contestarle a un tío que acababa de conocer y con el que estaba ligando se me acerco un amigo nuestro y me dijo “A, sé tu misma. Si le gustas así es como más le vas a gustar y sino no estarías perdiendo el tiempo”.
No sé porque fue pero esta vez no pasé de este consejo sino que se me quedó en la cabeza, dejé de pedirle a Lourdes que me ayudara y empecé a escribir lo que a mi me salía, sin pensarlo demasiado, sin darle demasiadas vueltas. Siendo yo misma. No sólo lo apliqué ayer sino que además se me ha quedado en la cabeza, tanto que he querido escribir un post sobre ello.
Como mi amigo me hizo ver creo que ser tu misma es la mejor forma de gustarle a alguien, en cualquiera de los sentidos. Es como estarás más cómoda y segura, y esos sentimientos se transmiten muchísimo. Además, es asentar una relación, ya sea de amor o amistad sobre los cimientos más solidos que puede haber.
Siendo tu misma es la mejor manera para llegar a ser feliz. Si intentas ser lo que piensas que los demás quieren que seas, o quién tu crees que deberías ser al final lo que pasa es que no te estas aceptando e inevitablemente esto te creará inseguridades y complejos que harán que no seas tan feliz como podrías ser. Con esto no quiero decir que no tengamos que intentar corregir nuestros defectos, sino que deberíamos de aprender a conocernos y aceptarnos como somos. Como una vez dijo Eleanor Roosevelt, nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento. Si te falta confianza interior, comienza a desarrollarla.
Esto me lleva a pensar la cantidad de veces que miramos a la nueva novia de nuestro ex y pensamos ¿qué tendrá ella que yo no?. He visto a muchas chicas intentar cambiar en cosas porque creen que así les volverán a gustar a sus ex, y siempre he pensado ¿Cómo sabes que te estás fijando en lo que a él le gusta de su nueva novia? A lo mejor estás justo cambiando y adoptando el defecto que a él le parece que ella tiene pero que la quiere a pesar de eso.
Podría extenderme muchísimo sobre este tema, pero creo que tampoco os iba a contar nada que no hayáis escuchado ya. Simplemente quería compartir con vosotros esta reflexión, pues ya que por una vez he interiorizado este consejo me gustaría poder hacer que alguien más piense sobre el y descubra que es la mejor manera de actuar.
Espero que os sirva a alguno, y no lo olvidéis, ¡sed vosotros mismos!
Un encuentro fortuito
Hacia meses que no le veía, ya casi me había olvidado por completo de él. Había dejado de pensar cada vez que salía que podría ser que le viera. Había dejado de arreglarme pensando en que me lo podía encontrar y había dejado de cuestionarme dónde saldría él. Pero está claro que es cuando te descuidas cuando llegan las sorpresas.
Yo venía de una comida por el cumple de una amiga y nos habíamos liado desde las dos de la tarde, que como ya os he dicho mas de una vez son los planes que más me gustan, comidas que llegan a ser cenas.
Estábamos en un bar cerca de la plaza mayor donde los sábados suele haber flamencos y este año ha sido un plan muy recurrente, la verdad que siempre lo hemos pasado fenomenal.
Mis amigos y yo llegamos los primeros al bar, una hora antes de que empezaran a cantar y para cuando fue llegando la gente ya estábamos más que animados. Bailamos como si no hubiera mañana, incluso en el tablao, y fue entonces cuando le vi, vi que estaba entrando y me puse nerviosísima.
Yo, que estaba bailando con una amiga me quedé medio bloqueada y nerviosa le dije “mira quién está entrando” me entendió perfectamente y bailamos hasta el final de la canción. Entonces fui a por una copa, necesitaba tener algo en la mano y no parecer tan nerviosa. No sé porque pero cuando estoy en este tipo de situaciones me pido otra copa en vez de pensar con la cabeza y darme cuenta de que lo ultimo que necesito es algo que me haga pensar con menos claridad.
Estaba claro que me lo iba a encontrar, pero me lo crucé de repente, sin esperármelo, sin buscarlo y sin verlo venir. No me dio tiempo a reaccionar y le dije la primera tontería que se me pasó por la cabeza y me fui. Cuando salí un momento a buscar a una amiga me lo encontré porque él se iba, se me acercó y yo no fui capaz de decirle nada con algo de sentido.
En ese momento me creí muy guay, no se si fueron las copas, el subidón por lo divertida que estaba o la situación inesperada. No sé lo que fue, pero fuera lo que fuese me hizo pensar que había actuado lo mejor que se podía. Le “había demostrado que me daba igual”. Pero hoy, un par de días mas tarde, ya sin copas encima ni ambientada en un bar estoy en casa lamentando mi patética actuación.
Cuantas veces había planeado en mi cabeza como iba a ser el reencuentro. Había imaginado mil y una situaciones en las que me lo encontraba por primera vez. Había creado una historia perfecta para cada posible escenario en el que se produjera ese encuentro, y en cada una de esas situaciones mi actuación era perfecta, las conversaciones que teníamos eran algo coherente. Yo era simpática y agradable, pero mi actuación en cada una de esas situaciones imaginarias era digna de admiración, y me dejaban en un lugar estupendo y a él lamentándose por haberme perdido.
Por desgracia de poco me sirvió haberme pasado meses imaginándome ese reencuentro y repasándolo en la cabeza. Ensayando las posibles conversaciones. Por desgracia la realidad difiere demasiado de nuestra imaginación y aunque hacía meses que no le veía y pensaba que me había olvidado de él, claramente no fue asi y ni siquiera pude pensar con claridad y actué como una quinceañera.
No sé cuanto tiempo pasará antes de volvérmelo a encontrar, ni si ya habré vuelto a dejar de pensar en él, ni como será la situación; si me cogerá por sorpresa o no. Pero espero que sea como sea, yo pueda hablar como alguien normal y ser yo misma. Darme cuenta de que es mejor así, cada uno por su lado y que él, aunque también sepa eso piense en mi y le dé pena haberme dejado escapar.
Punto y aparte
Oigo a la gente quejarse con demasiada frecuencia de una lista interminable de cosas en la vida. Para mí, quejarse es sinónimo de que no hacen nada por mejorar, ya sea su situación personal, emocional o estructural. Tiempo que podrían invertir en dejar todo aquello que les repatea para dedicarse a lo que le llena, aunque sea mínimamente, y no lo hacen, es tiempo perdido.
Punto y aparte.
Ser infeliz es una decisión que algunos toman en cierto momento de sus vidas. Os voy a contar un secreto, tan antiguo que se nos ha olvidado y que aunque es a voces, muy pocos hacen caso: puedes cambiarlo todo cuando quieras. Sólo tienes que atreverte y pegar el salto. El mejor regalo que nos han dado es el tiempo pero precisamente no es el más abundante. Tiene la tendencia de escurrirse entre los dedos, sin que te percates de ello.
¿Que con el trabajo de tus sueños no llegarías a fin de mes y por eso te dedicas a algo que aborreces pero que tiene mejor remuneración? La felicidad no se consigue ni se conseguirá jamás con dinero, así que replantéatelo. Ponte una meta y llega a ella. Fuera las dudas. Fuera la inseguridad.
¿Que resulta que estás harto de la ciudad, de la gente que te rodea, de que nada te llene? Haz la maleta antes de que te conviertas en una máquina y te dé hasta miedo salir de la rutina que tanto odiabas y descubrir qué hay más allá.
¿Que resulta que crees haber conocido a la chica de tu vida? Ve a por ella porque puede ser que te levantes dentro de diez años y te odies a ti mismo, sabiendo que otro, que se está levantando también en ese instante, sea el que esté casado con la que debería de haber sido tu mujer.
Punto y aparte.
Hablemos del destino. ¿Existe? A mí me gusta pensar que sí pero es que no es algo que llega fácil, tenemos que salir ahí fuera y agarrarlo. No vale esperarlo. No vale dejar pasar las oportunidades. No vale la vaguería.
Comentemos eso de la suerte. ¿Es verdad que unos tienen más que otros? Es difícil de admitir pero la respuesta es un “sí” rotundo. Pero pase lo que pase, no es excusa para patalear como un niño y no intentar solucionar las complicaciones que nos lanzan. Complicaciones que tienen el arte de llegar siempre en el peor de los momentos.
Y finalmente, discutamos sobre lo que está tan en boca de todos pero practicado por muy pocos: justicia. ¿Es real? Yo veo que cada vez es un término más abstracto tirando a etéreo. Sin embargo, nos podrán quitar todo, absolutamente todo, menos lo más importante: cómo decidamos tomarnos esa situación. Y si en eso eres más fuerte que ellos, será la mayor de tus victorias.
No digo que aquí todo es aceptable, que hay que pasar y dejar al de al lado plantado con un simple beso en la mejilla acompañado de un sonoro au revoir y no mirar atrás. El que viva acorde con el concepto no tomorrow está muy equivocado. Precisamente porque sí hay mañana tienes que dejarte la piel hoy. Sólo repito una cosa que se nos olvida con demasiada frecuencia: la historia de tu vida la escribes tú solito y únicamente tú eres el que tiene el poder de convertirla en uno de los mejores libros que hayan existido, en un clásico, o por el contrario en papel que utilice alguien para alimentar el fuego de la barbacoa.
Punto y aparte.
No voy a asentarme con eso de “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Sé que no siempre puedes dedicarte a lo que quieres y las circunstancias son lo que son, además suele venir bien una dosis de realismo, pero hay que aspirar a encontrar lo que de verdad nos apasiona.
No voy a conformarme con un amor líquido, como decía Bauman. Los amores de supermercado, esos en los que coges lo que te apetece rápidamente y al día siguiente decides cambiar de marca, están demasiado difundidos y aceptados hoy en día.
No voy a ser feliz si vivo la vida que otros han pensado para mí. Desde pequeños nos encauzan por el camino que aquellos más adultos piensan que nos conviene seguir pero nos hacemos mayores, evolucionamos, y resulta que se nos queda pequeño ese caminito de piedras. Queremos movernos en una autopista de cuatro carriles a la velocidad límite.
No voy a dejar de creer en mí misma y en mis ilusiones, porque si no lo hago ni yo, ¿quién lo va a hacer? Y si fracasas, no pasa nada, porque seguro que has aprendido algo nuevo. Como dijo Edison, “no fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla.” Y así, sin darte cuenta, te has convertido en tu versión 2.0.
Este es mi credo personal.
Mi “manifiesto desastre”.
Mi declaración de intenciones.
Todos somos raros a nuestra manera y eso precisamente es lo que nos hace únicos: las cosas por las que somos negro o blanco, pero no gris. Nunca gris.
Llamadme ilusa, inmadura, lo que se os venga a la cabeza. Me da absolutamente igual porque conozco a un par de personas que vivieron así y cuando llegó la hora de la última despedida, se fueron con una sonrisa de oreja a oreja y ninguno se arrepintió de nada.
Solo espero que a mí me pase lo mismo.
punto y final.
El primer día del resto de mi vida
Recuerdo que hacía frío y que era ya de noche. Me acuerdo la sensación de pereza, de no querer ir a esa cena, de que yo estaba muy a gusto en ese bar, con una copa en la mano y las ganas de bailar en la otra, y lo último en mi lista era ponerme seria para ir a un restaurante. Hoy doy gracias por pensar en ese momento que la gente que cancela en el último momento es detestable. Por eso cogí el abrigo y fui a la dichosa cena. Llegué al restaurante tarde pero aun así era la primera de todos. Si no recuerdo mal, era el comienzo de mi etapa de obsesión con el vino así que me pedí una copa, para amenizar la espera. Podría contarte mil detalles más de esa noche pero hay uno que sé que jamás se me olvidará: el momento en el que vi que tú me miraste. Y ahí lo supe. Tú ya me entiendes.
Se me hace gracioso pensar que durante años nos relacionábamos a base de “holas seguidos”, esos en los que te encuentras a alguien en el pasillo, saludas brevemente y sigues andando porque en realidad nunca te llegaste ni a parar. Y una noche de diciembre, sin aviso previo, después de años sin contacto alguno, nos re-conocimos.
Y lo demás ya quedó entre tú y yo.
Porque a partir de ese día por primera vez el contador sumó en positivo. Por primera vez las cuentas salían. Por primera vez no era ciencia ficción, sino realidad. Por primera vez supe que podía arrancar y que me podía embalar, olvidándome de los frenos y divirtiéndome, no con la brisa, sino con un huracán en la cara a mil por hora.
Es que entraban ganas de irse a cualquier otra parte, con tal de que fuese única y exclusivamente contigo. La idea era firmar un contrato de ausencia indefinida y desaparecer del mapa. Y por el camino convertirnos en el mejor equipo de dos que jamás hubiese existido. Porque no, necesitábamos a nadie más. Porque sí, era una superación de expectativas constante.
Esa sensación de haber encontrado el “punto y final” no era pura corazonada, sino es que simple y llanamente ya no había sitio para más puntos. Todo lo habías llenado tú.
Hay veces que después de tantas decepciones has enterrado ese sentimiento tan profundamente que se encuentra casi en el centro más oscuro de tu ser, y en teoría es imposible que salga algo nuevo. Digo teóricamente porque si resulta que se entierra en un buen suelo, dará lugar, en el momento justo, a que crezca algo genial. Algo que supere a todo lo anterior con tal magnitud que será imposible comparar porque eso sí que es jugar en primera división y todo los demás simples partidos de aficionados de domingo por la mañana. Get ready to get your mind blown.
Bienvenido a mi lista de obsesiones, de seres permanentes y triunfos inminentes.
El día que te sentaste en la mesa de ese restaurante fue el momento en el que empecé a desempolvar palabras y reinventarlas, dándoles un nuevo significado. “Ir a cenar” ya no era comer con cualquiera sino experimentar el mayor de los subidones contigo. Los “nervios” no eran algo que se experimentaba antes de un examen o una entrevista, sino los veinte elefantes, que no mariposas, que se materializaban en mi estómago cuando te veía. Y la “ginebra” no era ese vaso que tenía el don de convertir la noche en prometedora, sino el recuerdo del sabor de nuestro primer beso.
Contigo aprendí que a veces los mejores momentos de nuestras vidas son aquellos que transcurren en silencio. Que las palabras suelen sobrar. Y las formas también.
A tu lado todo me sabía a poco, “más” nunca era suficiente y “ya” llegaba media hora tarde.
¿Y qué decirte que no hubieses intuido ya? Hacía ya tiempo que te había entregado el mapa de mi alma. Que eras mi presente y no había día sin ti. Ni hora ni minuto, para qué engañarse. Hacías que eso de la telepatía, la conexión, la chispa fuesen cosa del día a día. E, irremediablemente, sólo siendo tú, conseguiste que te quisiera de una forma inexplicable y ya no existía palabra en el vocabulario español capaz de describir lo que eras para mí.
Había veces que intentaba que no me gustases, y sólo sentía más. Me encantabas y me encantaba que me encantases. La mejor sensación era la de tenerte muy cerca y pensar que sería genial que algún día estuviésemos tan pegados hasta el punto de fusionarnos. Me enamoraba tu sonrisa, tan especial, tan para mí. Tu sello de identidad. Me gustaba cuando nuestros ojos se fijaban y, sin haber abierto la boca, nos lo habíamos dicho todo. Me encantabas incluso con barba, que fíjate que la odiaba porque me lijaba la cara. Me encantabas aquí y allá, lejos y cerca, pero cuanto más cerquita mejor.
Y te hablo en pasado porque es que hoy describir el ir a cenar contigo como un subidón se queda corto, los veinte elefantes son ahora ochenta, nuestro equipo se está perfeccionando y el momento de irnos a cualquier otra parte de forma indefininda se aproxima, los besos no tienen uno sino un millón de sabores y recuerdos, la primera división se nos quedó pequeña hace mucho, ese “punto y final” ocupa todo el horizonte, el huracán ya ni lo noto porque esto lo superó hace bastante tiempo y los “holas seguidos” se han transformado en un gran “me quedo“.
No todo es lo que parese
Hace poco me acordé del BMW viejo de mi abuelo. Recuerdo su chasis verde oscuro, la tapicería áspera de tela gris, su olor característico, y de los momentos en los que nos metían a siete primos detrás y nos sentábamos los unos encima de los otros. Era cuando aún el cinturón estaba infravalorado hasta tal punto que no existía en los asientos traseros. Yo tenía diez años y me parecía el coche más bonito que había visto.
Pero de lo que más me acuerdo es de la radio que tenía. Era de esas que solo se encuentran en los coches antiguos, que se podían sacar para guardarlas porque, de la noche a la mañana, te habían roto la ventana y había “desaparecido”. A veces mi abuelo nos daba el capricho de dejarnos poner la música un poco más alta y todos gritábamos y berreábamos, porque eso no era cantar.
Y el otro día resulta que todo encajó. Se me encendió la bombilla. Y caí en la cuenta.
Tú eres como una radio antigua.
Esa radio eres tú.
Porque a simple vista encaja perfectamente en su hueco y con la estética del coche. Además está en un lugar que es admirada por todos. Era el último modelo de su generación. Tenía esos botones tan bonitos y esa pantalla tan atractiva. Yo sintonizaba con ella que ni te imaginas. Me ponía la mejor música a la más alta calidad y disfrutaba. Disfrutaba como nunca.
Y era feliz en el coche con mi radio genial, siendo la envidia de todos y no había ni una preocupación que pudiese entrar porque las ventanillas están bien subidas y el aire sellado herméticamente. Nadie más entraba en ese ambiente perfecto, casi surrealista. Demasiado bueno para ser real. Ese tono musical era sólo para mí y mis oídos.
Me paseaba en el coche con la radio puesta, llena de felicidad, pensando que era lo mejor que me había podido pasar en no sé cuánto tiempo.
Y así unas semanas. Unos meses. Un tiempo. Pero llegó un día en el que tuve que dejar el coche un poco de lado. Ya no le podía dedicar tanto tiempo. Era el momento de volver al mundo real.
Y es que resulta que a partir de ese momento mi radio empezó a sintonizar un poco peor. Ya no me entendía igual. Al principio me lo tomaba como una excepción y lo dejaba pasar. Y como cuesta afrontarlo, no dejé que a la tercera fuese la vencida, sino más bien a la duodécima.
No la oía igual. No disfrutaba igual. Y me empecé a fijar en que tampoco encajaba tan bien en el coche como creía. Ya no estaba ciega y empecé a ver los defectos de fábrica. Aun así, decidí ser fiel a mi radio porque me acordé de la ilusión que me hizo al principio. Decidí ponerme del lado de la ignorancia y que no me importase que todos los demás canales se oyesen cada vez peor porque mi estación favorita seguía en funcionamiento. Hice la vista gorda y escuchaba solo esa estación. Me callaba porque era más fácil engañarse. Era más cómodo seguir así que afrontar la realidad y admitir que mi radio ya no era la de siempre.
Sin embargo, cada vez sintonizaba menos, hasta que dejé de oirla del todo. Solo había ruido. Ese ruido crujiente y envolvente, con miles de chispas, que llega a ser ensordecedor. Esos viajes en coche, que tanto me apetecían, se habían vuelto amargos. Y me di de bofetada contra la realidad. Vi que tenía la opción de quedarme con una radio defectuosa que funcionaba un día no y otros siete tampoco, o sacarla del coche definitivamente porque ya no le encontraba el sentido a la situación. Al paredón.
Llegaron los ratos de indecisión. De pedir opinión, ayuda o lo que se ofreciese. De SOS a gritos en silencio. De miradas furtivas. De la duda. De preguntarse si merecía la pena arriesgar.
Pero es que mientras pensé en todo esto, se me adelantaron. Tomaron la decisión por mí. Fui a coger el coche y vi que en vez de estar la ventana del copiloto, lo que había era un millón de fragmentos de cristal en el suelo, dispersos por todas partes. Y pensé que era irónico que esa imagen tan sencilla plasmase tan bien lo que sentía.
Me asomé al interior del coche a través de esa no ventana para analizar los desperfectos. Lo primero que vi era que mi radio ya no estaba. Sólo quedaba un hueco rectangular, negro. Y, sobre todo, vacío. Que después de tantas señales y avisos que había tenido, y me había negado a recibir, se la había llevado otra persona.
Esa radio eras tú.
Así que cambié. Cambié de coche, de radio, de vida. Y opté por algo mejor. Me costó pero compré un coche nuevo. Me lo vendieron diciéndome que era más manejable, aerodinámico de última generación y que consumía el que menos. Pero verás, eso no es lo que más me gustó. Lo mejor que tiene es su radio. Es más discreta pero mil veces más fiable. Es de las que sabes que jamás se va a romper. Y encima es imposible que encajase mejor. Tiene memoria para guardar las emisoras así que siempre se acuerda de todo. Lee CDs además así que entiende mis gustos perfectamente. Nunca hace esos ruidos estridentes, siempre da en el clavo con el número de emisora. No me falla. Y, por primera vez en la vida, escucho la música con las ventanas y capota bajadas a todo volumen. No me da miedo que entren las preocupaciones porque sé que jamás existirán. Me da igual porque sé que, pase lo que pase, esa radio siempre será mi radio.
Y es que hay veces que es mejor contar las cosas así porque una historia cala más hondo que cualquier otra palabra, mirada o gesto.
La radio solo tiene una cara, cuando debería tener dos.
Pero de lo que más me acuerdo es de la radio que tenía. Era de esas que solo se encuentran en los coches antiguos, que se podían sacar para guardarlas porque, de la noche a la mañana, te habían roto la ventana y había “desaparecido”. A veces mi abuelo nos daba el capricho de dejarnos poner la música un poco más alta y todos gritábamos y berreábamos, porque eso no era cantar.
Y el otro día resulta que todo encajó. Se me encendió la bombilla. Y caí en la cuenta.
Tú eres como una radio antigua.
Esa radio eres tú.
Porque a simple vista encaja perfectamente en su hueco y con la estética del coche. Además está en un lugar que es admirada por todos. Era el último modelo de su generación. Tenía esos botones tan bonitos y esa pantalla tan atractiva. Yo sintonizaba con ella que ni te imaginas. Me ponía la mejor música a la más alta calidad y disfrutaba. Disfrutaba como nunca.
Y era feliz en el coche con mi radio genial, siendo la envidia de todos y no había ni una preocupación que pudiese entrar porque las ventanillas están bien subidas y el aire sellado herméticamente. Nadie más entraba en ese ambiente perfecto, casi surrealista. Demasiado bueno para ser real. Ese tono musical era sólo para mí y mis oídos.
Me paseaba en el coche con la radio puesta, llena de felicidad, pensando que era lo mejor que me había podido pasar en no sé cuánto tiempo.
Y así unas semanas. Unos meses. Un tiempo. Pero llegó un día en el que tuve que dejar el coche un poco de lado. Ya no le podía dedicar tanto tiempo. Era el momento de volver al mundo real.
Y es que resulta que a partir de ese momento mi radio empezó a sintonizar un poco peor. Ya no me entendía igual. Al principio me lo tomaba como una excepción y lo dejaba pasar. Y como cuesta afrontarlo, no dejé que a la tercera fuese la vencida, sino más bien a la duodécima.
No la oía igual. No disfrutaba igual. Y me empecé a fijar en que tampoco encajaba tan bien en el coche como creía. Ya no estaba ciega y empecé a ver los defectos de fábrica. Aun así, decidí ser fiel a mi radio porque me acordé de la ilusión que me hizo al principio. Decidí ponerme del lado de la ignorancia y que no me importase que todos los demás canales se oyesen cada vez peor porque mi estación favorita seguía en funcionamiento. Hice la vista gorda y escuchaba solo esa estación. Me callaba porque era más fácil engañarse. Era más cómodo seguir así que afrontar la realidad y admitir que mi radio ya no era la de siempre.
Sin embargo, cada vez sintonizaba menos, hasta que dejé de oirla del todo. Solo había ruido. Ese ruido crujiente y envolvente, con miles de chispas, que llega a ser ensordecedor. Esos viajes en coche, que tanto me apetecían, se habían vuelto amargos. Y me di de bofetada contra la realidad. Vi que tenía la opción de quedarme con una radio defectuosa que funcionaba un día no y otros siete tampoco, o sacarla del coche definitivamente porque ya no le encontraba el sentido a la situación. Al paredón.
Llegaron los ratos de indecisión. De pedir opinión, ayuda o lo que se ofreciese. De SOS a gritos en silencio. De miradas furtivas. De la duda. De preguntarse si merecía la pena arriesgar.
Pero es que mientras pensé en todo esto, se me adelantaron. Tomaron la decisión por mí. Fui a coger el coche y vi que en vez de estar la ventana del copiloto, lo que había era un millón de fragmentos de cristal en el suelo, dispersos por todas partes. Y pensé que era irónico que esa imagen tan sencilla plasmase tan bien lo que sentía.
Me asomé al interior del coche a través de esa no ventana para analizar los desperfectos. Lo primero que vi era que mi radio ya no estaba. Sólo quedaba un hueco rectangular, negro. Y, sobre todo, vacío. Que después de tantas señales y avisos que había tenido, y me había negado a recibir, se la había llevado otra persona.
Esa radio eras tú.
Así que cambié. Cambié de coche, de radio, de vida. Y opté por algo mejor. Me costó pero compré un coche nuevo. Me lo vendieron diciéndome que era más manejable, aerodinámico de última generación y que consumía el que menos. Pero verás, eso no es lo que más me gustó. Lo mejor que tiene es su radio. Es más discreta pero mil veces más fiable. Es de las que sabes que jamás se va a romper. Y encima es imposible que encajase mejor. Tiene memoria para guardar las emisoras así que siempre se acuerda de todo. Lee CDs además así que entiende mis gustos perfectamente. Nunca hace esos ruidos estridentes, siempre da en el clavo con el número de emisora. No me falla. Y, por primera vez en la vida, escucho la música con las ventanas y capota bajadas a todo volumen. No me da miedo que entren las preocupaciones porque sé que jamás existirán. Me da igual porque sé que, pase lo que pase, esa radio siempre será mi radio.
Y es que hay veces que es mejor contar las cosas así porque una historia cala más hondo que cualquier otra palabra, mirada o gesto.
La radio solo tiene una cara, cuando debería tener dos.
Uno entre mil
Desde el día en que te vi, supe que serías alguien especial. Hacía mucho que no sentía aquel cosquilleo en la tripa, como cuando tenía quince años.
Allí estabas tú, sentado, al otro lado de la sala. Seríamos unos 40, pero en cuanto pronunciaste tu nombre, mi mirada se dirigió hacia ti. Directa, como si nada más existiera. Y de repente, te giraste. Y me miraste. Y nuestras miradas se cruzaron. Simplemente me gustaste. O quizás fue tu voz. No estoy muy segura.
Tenías una voz tan grave, tan sencillamente perfecta. Cada palabra sonaba mejor saliendo de tu boca. Y yo tenía ganas de escucharte y poder imaginarme miles de historias contigo. Tanto que después de ocho horas de tenerte frente a mí, llegaba a casa, y seguía pensando en aquella voz que me había enganchado en cuestión de segundos.
Día a día, comenzamos a ser amigos. Y me sentaba a tu lado, y las cuarenta personas se habían reducido a un “nosotros.” Porque nada más me importaba allí.
Pero de repente, me di cuenta que nuestra amistad ya no era una simple amistad, sino que había ido más allá. Y ya no eras aquel simple compañero de clase. Ahora me llamabas por teléfono y me contabas tus miles de historias y batallitas. Comías en casa y venías a verme. Y otras veces me escribías lo guapa que estaba, y lo mucho que te gustaba con mis gafas RayBan.
Un día, sin saber porqué, decidiste arriesgar por esa “más que amistad” y me robaste un beso. Un beso de esos que hacen que tu corazón deje de latir por cuestión de segundos. Un beso de esos que ayudan a que por un instante, todo lo malo se te olvide.
Creía que por fin había encontrado a la persona adecuada, a aquella persona que haría que todos los días fueran diferentes, y me ayudara a cambiar a esta “chica-desastre”.
Pero un día, te agobiaste.
¿Qué típico suena, verdad? Si, chico-chica. Chico se agobia, chico la deja, chica llora, y voilá. Fin de la historia.
Y así fue. Decidiste cortar todo tipo de relación, pero con un “somos amigos, ¿verdad?”.
No quería saber nada de ti. Habías hecho que fuera una persona diferente, lo habías conseguido. Pero también conseguiste romperme en mil pedazos.
Sí, estaba rota por dentro. Pero cada día conseguía levantarme con una sonrisa, para demostrar que quien quiere, puede. Y estudiaba doce horas al día para no pensar en ti, en aquel día en que me prometiste que jamás te irías.
Y hoy. Hoy me pregunto, ¿Dónde estás? ¿Dónde has dejado aquellas promesas incumplidas?
Sigo esperando a que vengas a por mí, a que me sigas cambiando, pero solo para mejor, por favor.
Sigo esperando a que me recojas para cenar sushi, mirar pelis, y tirarnos la tarde viendo la saga de “Star Wars”, porque sé que te gusta.
Sigo esperando a que me expliques Contabilidad, o mejor Finanzas, y que entre ejercicio y ejercicio me robes un beso, de esos que tanto me gustaban.
Sigo esperando a que me lleves al cine, y veamos “Frozen”, como tanto me habías prometido. Y que compremos el “menú combo”, ese, el de gordos, para luego no acabarlo.
Sigo esperando a que comas en mi casa los jueves, para luego ir a clase. Ah, no, que ya hemos acabado, y ya no hay jueves que valga, ni comida que quieras.
Sigo esperando a que me digas que quizás, si que llegarás a quererme, porque quieres que sea la madre de tus hijos, o quizás no, pero que me quieres junto a ti.
Sigo esperando a que me mandes esos mensajes de buenas noches y buenos días que tanto me gustaban y que, andando por la calle, me cojas de la mano y la aprietes bien fuerte. Como cuando no querías dejarme ir porque decías que me echarías de menos.
A que me cuides como has hecho conmigo durante mucho tiempo y que, a pesar de mi mal despertar, te siga gustando.
Sigo esperando muchas cosas que se que jamás llegarán.
Porque me dijiste que conmigo estás bien, pero sin mí estás mejor.
Porque me dijiste que no estabas preparado para estar conmigo, pero sin mí tampoco, y ahora actúas como si nunca hubiera pasado nada.
Porque no eres capaz de aclararte y yo tampoco. Porque es una historia sin final establecido. Pero yo ya no estoy dispuesta a esperarte, porque a medida que el tiempo pasa, el dolor aumenta.
El tiempo pasa y con él los días, y por eso me duele tener que verte cada día, y ver a aquel chico que tras esa fachada de bueno, escondía algo completamente diferente. Duele saber que has esperado a aquella persona durante tanto tiempo, y no ha hecho más que marearte. Pero a pesar de que me haya costado tanto, poco a poco estoy consiguiendo dar un paso hacia delante y dejarte atrás.
Cuesta, ay ni te imaginas cuanto, pero te aseguro que más cuesta convivir con este dolor.
Y ya no estoy dispuesta a seguir con esto, no. Porque puedo asegurarte que encontraré a alguien que esté dispuesto a arriesgar por mi, a aceptar mis locuras, mis cambios de humor, mis ganas continuas de comer sushi, y tantas otras cosas más que tú no has querido conocer.
Y cuando eso pase, te darás cuenta que los billetes de este tren se han terminado. Que quizás ese día hayas decidido arriesgar. Pero querido amigo, para entonces será demasiado tarde. Y entonces ahí es cuando te des cuenta que he conseguido ponerle punto y final a esta historia, aunque inevitablemente duela, para poder empezar una nueva.
Fin.
Allí estabas tú, sentado, al otro lado de la sala. Seríamos unos 40, pero en cuanto pronunciaste tu nombre, mi mirada se dirigió hacia ti. Directa, como si nada más existiera. Y de repente, te giraste. Y me miraste. Y nuestras miradas se cruzaron. Simplemente me gustaste. O quizás fue tu voz. No estoy muy segura.
Tenías una voz tan grave, tan sencillamente perfecta. Cada palabra sonaba mejor saliendo de tu boca. Y yo tenía ganas de escucharte y poder imaginarme miles de historias contigo. Tanto que después de ocho horas de tenerte frente a mí, llegaba a casa, y seguía pensando en aquella voz que me había enganchado en cuestión de segundos.
Día a día, comenzamos a ser amigos. Y me sentaba a tu lado, y las cuarenta personas se habían reducido a un “nosotros.” Porque nada más me importaba allí.
Pero de repente, me di cuenta que nuestra amistad ya no era una simple amistad, sino que había ido más allá. Y ya no eras aquel simple compañero de clase. Ahora me llamabas por teléfono y me contabas tus miles de historias y batallitas. Comías en casa y venías a verme. Y otras veces me escribías lo guapa que estaba, y lo mucho que te gustaba con mis gafas RayBan.
Un día, sin saber porqué, decidiste arriesgar por esa “más que amistad” y me robaste un beso. Un beso de esos que hacen que tu corazón deje de latir por cuestión de segundos. Un beso de esos que ayudan a que por un instante, todo lo malo se te olvide.
Creía que por fin había encontrado a la persona adecuada, a aquella persona que haría que todos los días fueran diferentes, y me ayudara a cambiar a esta “chica-desastre”.
Pero un día, te agobiaste.
¿Qué típico suena, verdad? Si, chico-chica. Chico se agobia, chico la deja, chica llora, y voilá. Fin de la historia.
Y así fue. Decidiste cortar todo tipo de relación, pero con un “somos amigos, ¿verdad?”.
No quería saber nada de ti. Habías hecho que fuera una persona diferente, lo habías conseguido. Pero también conseguiste romperme en mil pedazos.
Sí, estaba rota por dentro. Pero cada día conseguía levantarme con una sonrisa, para demostrar que quien quiere, puede. Y estudiaba doce horas al día para no pensar en ti, en aquel día en que me prometiste que jamás te irías.
Y hoy. Hoy me pregunto, ¿Dónde estás? ¿Dónde has dejado aquellas promesas incumplidas?
Sigo esperando a que vengas a por mí, a que me sigas cambiando, pero solo para mejor, por favor.
Sigo esperando a que me recojas para cenar sushi, mirar pelis, y tirarnos la tarde viendo la saga de “Star Wars”, porque sé que te gusta.
Sigo esperando a que me expliques Contabilidad, o mejor Finanzas, y que entre ejercicio y ejercicio me robes un beso, de esos que tanto me gustaban.
Sigo esperando a que me lleves al cine, y veamos “Frozen”, como tanto me habías prometido. Y que compremos el “menú combo”, ese, el de gordos, para luego no acabarlo.
Sigo esperando a que comas en mi casa los jueves, para luego ir a clase. Ah, no, que ya hemos acabado, y ya no hay jueves que valga, ni comida que quieras.
Sigo esperando a que me digas que quizás, si que llegarás a quererme, porque quieres que sea la madre de tus hijos, o quizás no, pero que me quieres junto a ti.
Sigo esperando a que me mandes esos mensajes de buenas noches y buenos días que tanto me gustaban y que, andando por la calle, me cojas de la mano y la aprietes bien fuerte. Como cuando no querías dejarme ir porque decías que me echarías de menos.
A que me cuides como has hecho conmigo durante mucho tiempo y que, a pesar de mi mal despertar, te siga gustando.
Sigo esperando muchas cosas que se que jamás llegarán.
Porque me dijiste que conmigo estás bien, pero sin mí estás mejor.
Porque me dijiste que no estabas preparado para estar conmigo, pero sin mí tampoco, y ahora actúas como si nunca hubiera pasado nada.
Porque no eres capaz de aclararte y yo tampoco. Porque es una historia sin final establecido. Pero yo ya no estoy dispuesta a esperarte, porque a medida que el tiempo pasa, el dolor aumenta.
El tiempo pasa y con él los días, y por eso me duele tener que verte cada día, y ver a aquel chico que tras esa fachada de bueno, escondía algo completamente diferente. Duele saber que has esperado a aquella persona durante tanto tiempo, y no ha hecho más que marearte. Pero a pesar de que me haya costado tanto, poco a poco estoy consiguiendo dar un paso hacia delante y dejarte atrás.
Cuesta, ay ni te imaginas cuanto, pero te aseguro que más cuesta convivir con este dolor.
Y ya no estoy dispuesta a seguir con esto, no. Porque puedo asegurarte que encontraré a alguien que esté dispuesto a arriesgar por mi, a aceptar mis locuras, mis cambios de humor, mis ganas continuas de comer sushi, y tantas otras cosas más que tú no has querido conocer.
Y cuando eso pase, te darás cuenta que los billetes de este tren se han terminado. Que quizás ese día hayas decidido arriesgar. Pero querido amigo, para entonces será demasiado tarde. Y entonces ahí es cuando te des cuenta que he conseguido ponerle punto y final a esta historia, aunque inevitablemente duela, para poder empezar una nueva.
Fin.
"Tiene novia" la desgracia de muchas chicas
Me ha llegado un mensaje de una MUY amiga mia, sólo las buenas amigas nos informan de este tipo de cosas: “A, Ignacio tienen novia”.
ZAS! Me cae como una jarra de agua fría. -Que? No puede ser- pienso. Pero ¿Cómo no va a poder ser? ¿En qué momento me creí que él no iba a ligar con otras? ¿En qué momento pensé que no iba a tener otra novia? No sé, la verdad que no sé como he podido pensar eso si ni siquiera hablábamos. Supongo que ha sido mi subconsciente, el que me ha jugado la mala pasada.
Hace ya más de seis meses que discutimos, ha pasado el verano de por medio, volvimos a Madrid y nada, no nos reconciliamos. No hemos vuelto a hablar más que el día de su cumpleaños que le felicité y fue una conversación muy cordial. Nos hemos encontrado un par de veces y la única conversación ha sido un “Hola, qué tal?” pero nada, yo parece que no había asumido que se había acabado.
Le contesté a mi amiga “bueno, ya sabíamos que no iba a pasar nada” Hazte la dura, hazte la dura, a ti no te importa… Eso es lo único que podía pensar. Pero ella, que me conoce demasiado bien, me dio luz verde para que me desahogara… Y entonces le dije: “para que nos vamos a engañar, en verdad me jode”, y como las buenas amigas me llamó aunque yo le dijera que no hacía falta. Entonces, con el teléfono en una mano y una taza de té en la otra empezó la laaarga conversación en la que íbamos enumerando todas sus cosas malas y lo maravillosa que yo soy.
Él se lo pierde y ya se dará cuenta. Esa fue la original conclusión.
Pero a quién vamos a engañar, siempre se repite la misma historia. Da igual el tiempo que llevemos sin hablar con un ex – ligue, o sin verle o sin lo que sea, que si no hay otro vamos a seguir pensando en él.
Y yo en el fondo seguía pensando que igual algún día pasaría algo. Que iba a venir a mi a decirme que se había equivocado e intentar reconquistarme. En definitiva, tenía la oculta esperanza de que esas historias que yo soñaba despierta pudieran llegar a pasar.
Pero no, no se había equivocado y no ha venido a mi. Se ha enamorado de otra y ahora es con otra con la que va a cenar. Como será? ¿Será guapa, simpática, lista? ¿Qué edad tendrá? Seguro que es mucho más pequeña, tendrá un tipazo y él la paseará orgulloso… Empiezo a imaginarme como es ella hasta que me doy cuenta que es mejor no saber quién ni como es. No quiero meterme en su Facebook, no quiero ver fotos de la parejita feliz y no quiero que me hablen de ellos. Pero habrá que asumirlo, me ha sustituido.
Entonces empecé a convencerme de que iba a adelgazar, a ponerme en forma y a ser la tía que todos iban a querer conseguir. Que él me iba a mirar e iba a pensar “mierda, vaya pedazo de oportunidad perdí” Y mi imaginación fue volando por decenas de situaciones en las que me lo encontraba, y mi actuación era perfecta en cada una de ellas.
Pero NO, no van a pasar porque ya se acabó, y ahora él tiene novia, y ni sé ni quiero saber quién es ella para no empezar a comparar. ¿No podría haber sido yo la que encontrara a alguien antes? ¿Por qué siempre el que sale peor de una relación es el que más tarda en encontrar al “sustituto”? No es justo, debería ser al revés.
En fin, después de ese mensaje, de esa cura de humildad y de ese poner los pies en la tierra de golpe. Me llevo unas cuantas lecciones aprendidas, una decepción que pasó por tristeza pero que rápidamente mi amiga supo convertirlo en un propósito, en una ilusión y en mirar al futuro y decir, ¿Y si él ha encontrado a alguien, por qué no lo voy a encontrar yo?
Ya llegará el tío que me sepa apreciar, y mientras Ignacio que sea feliz con su nueva novia, esta todo bien.
ZAS! Me cae como una jarra de agua fría. -Que? No puede ser- pienso. Pero ¿Cómo no va a poder ser? ¿En qué momento me creí que él no iba a ligar con otras? ¿En qué momento pensé que no iba a tener otra novia? No sé, la verdad que no sé como he podido pensar eso si ni siquiera hablábamos. Supongo que ha sido mi subconsciente, el que me ha jugado la mala pasada.
Hace ya más de seis meses que discutimos, ha pasado el verano de por medio, volvimos a Madrid y nada, no nos reconciliamos. No hemos vuelto a hablar más que el día de su cumpleaños que le felicité y fue una conversación muy cordial. Nos hemos encontrado un par de veces y la única conversación ha sido un “Hola, qué tal?” pero nada, yo parece que no había asumido que se había acabado.
Le contesté a mi amiga “bueno, ya sabíamos que no iba a pasar nada” Hazte la dura, hazte la dura, a ti no te importa… Eso es lo único que podía pensar. Pero ella, que me conoce demasiado bien, me dio luz verde para que me desahogara… Y entonces le dije: “para que nos vamos a engañar, en verdad me jode”, y como las buenas amigas me llamó aunque yo le dijera que no hacía falta. Entonces, con el teléfono en una mano y una taza de té en la otra empezó la laaarga conversación en la que íbamos enumerando todas sus cosas malas y lo maravillosa que yo soy.
Él se lo pierde y ya se dará cuenta. Esa fue la original conclusión.
Pero a quién vamos a engañar, siempre se repite la misma historia. Da igual el tiempo que llevemos sin hablar con un ex – ligue, o sin verle o sin lo que sea, que si no hay otro vamos a seguir pensando en él.
Y yo en el fondo seguía pensando que igual algún día pasaría algo. Que iba a venir a mi a decirme que se había equivocado e intentar reconquistarme. En definitiva, tenía la oculta esperanza de que esas historias que yo soñaba despierta pudieran llegar a pasar.
Pero no, no se había equivocado y no ha venido a mi. Se ha enamorado de otra y ahora es con otra con la que va a cenar. Como será? ¿Será guapa, simpática, lista? ¿Qué edad tendrá? Seguro que es mucho más pequeña, tendrá un tipazo y él la paseará orgulloso… Empiezo a imaginarme como es ella hasta que me doy cuenta que es mejor no saber quién ni como es. No quiero meterme en su Facebook, no quiero ver fotos de la parejita feliz y no quiero que me hablen de ellos. Pero habrá que asumirlo, me ha sustituido.
Entonces empecé a convencerme de que iba a adelgazar, a ponerme en forma y a ser la tía que todos iban a querer conseguir. Que él me iba a mirar e iba a pensar “mierda, vaya pedazo de oportunidad perdí” Y mi imaginación fue volando por decenas de situaciones en las que me lo encontraba, y mi actuación era perfecta en cada una de ellas.
Pero NO, no van a pasar porque ya se acabó, y ahora él tiene novia, y ni sé ni quiero saber quién es ella para no empezar a comparar. ¿No podría haber sido yo la que encontrara a alguien antes? ¿Por qué siempre el que sale peor de una relación es el que más tarda en encontrar al “sustituto”? No es justo, debería ser al revés.
En fin, después de ese mensaje, de esa cura de humildad y de ese poner los pies en la tierra de golpe. Me llevo unas cuantas lecciones aprendidas, una decepción que pasó por tristeza pero que rápidamente mi amiga supo convertirlo en un propósito, en una ilusión y en mirar al futuro y decir, ¿Y si él ha encontrado a alguien, por qué no lo voy a encontrar yo?
Ya llegará el tío que me sepa apreciar, y mientras Ignacio que sea feliz con su nueva novia, esta todo bien.
No hay malos años
“Mi percepción a medida que envejezco es que no hay años malos.
Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, pero malos no son.
Creo firmemente que la forma en que se debería evaluar un año tendría más que ver con cuánto fuimos capaces de amar, de perdonar, de reír, de aprender cosas nuevas, de haber desafiado nuestros egos y nuestros apegos.
Por eso, no debiéramos tenerle miedo al sufrimiento ni al tan temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje.
Nos cuesta mucho entender que la vida y el cómo vivirla depende de nosotros, el cómo enganchamos con las cosas que no queremos, depende sólo del cultivo de la voluntad.
Si no me gusta la vida que tengo, deberé desarrollar las estrategias para cambiarla, pero está en mi voluntad el poder hacerlo.
“Ser feliz es una decisión”, no nos olvidemos de eso. Entonces, con estos criterios me preguntaba qué tenía que hacer yo para poder construir un buen año porque todos estamos en el camino de aprender todos los días a ser mejores y de entender que a esta vida vinimos a tres cosas: -a aprender a amar -a dejar huella -a ser felices
En esas tres cosas debiéramos trabajar todos los días, el tema es cómo y creo que hay tres factores que ayudan en estos puntos:
-Aprender a amar la responsabilidad como una instancia de crecimiento.
El trabajo sea remunerado o no, dignifica el alma y el espíritu y nos hace bien en nuestra salud mental.
Ahora el significado del cansancio es visto como algo negativo de lo cual debemos deshacernos y no cómo el privilegio de estar cansados porque eso significa que estamos entregando lo mejor de nosotros.
A esta tierra vinimos a cansarnos,……. para dormir tenemos siglos después.
-Valorar la libertad como una forma de vencerme a mí mismo y entender que ser libre no es hacer lo que yo quiero.
Quizás deberíamos ejercer nuestra libertad haciendo lo que debemos con placer y decir que estamos felizmente agotados y así poder amar más y mejor.
-El tercer y último punto a cultivar es el desarrollo de la fuerza de voluntad, ese maravilloso talento de poder esperar, de postergar gratificaciones inmediatas en pos de cosas mejores.
Hacernos cariño y tratarnos bien como país y como familia, saludarnos en los ascensores, saludar a los guardias, a los choferes de los micros, sonreír por lo menos una o varias veces al día.
Crear calidez dentro de nuestras casas, hogares, y para eso tiene que haber olor a comida, almohadones aplastados y hasta manchados, cierto desorden que acuse que ahí hay vida.
Nuestras casas independientes de los recursos se están volviendo demasiado perfectas que parece que nadie puede vivir adentro.
Tratemos de crecer en lo espiritual, cualquiera sea la visión de ello.
La trascendencia y el darle sentido a lo que hacemos tiene que ver con la inteligencia espiritual.
Tratemos de dosificar la tecnología y demos paso a la conversación, a los juegos “antiguos”, a los encuentros familiares, a los encuentros con amigos, dentro de casa.
Valoremos la intimidad, el calor y el amor dentro de nuestras familias.
Si logramos trabajar en estos puntos y yo me comprometo a intentarlo, habremos decretado ser felices, lo cual no nos exime de los problemas, pero nos hace entender que la única diferencia entre alguien feliz o no, no tiene que ver con los problemas que tengamos sino que con la actitud con la cual enfrentemos lo que nos toca.
Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan. Y que en cambio, con las penas pasa al revés. Se achican.
Tal vez lo que sucede, es que al compartir, lo que se dilata es el corazón.
Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro”.
Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, pero malos no son.
Creo firmemente que la forma en que se debería evaluar un año tendría más que ver con cuánto fuimos capaces de amar, de perdonar, de reír, de aprender cosas nuevas, de haber desafiado nuestros egos y nuestros apegos.
Por eso, no debiéramos tenerle miedo al sufrimiento ni al tan temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje.
Nos cuesta mucho entender que la vida y el cómo vivirla depende de nosotros, el cómo enganchamos con las cosas que no queremos, depende sólo del cultivo de la voluntad.
Si no me gusta la vida que tengo, deberé desarrollar las estrategias para cambiarla, pero está en mi voluntad el poder hacerlo.
“Ser feliz es una decisión”, no nos olvidemos de eso. Entonces, con estos criterios me preguntaba qué tenía que hacer yo para poder construir un buen año porque todos estamos en el camino de aprender todos los días a ser mejores y de entender que a esta vida vinimos a tres cosas: -a aprender a amar -a dejar huella -a ser felices
En esas tres cosas debiéramos trabajar todos los días, el tema es cómo y creo que hay tres factores que ayudan en estos puntos:
-Aprender a amar la responsabilidad como una instancia de crecimiento.
El trabajo sea remunerado o no, dignifica el alma y el espíritu y nos hace bien en nuestra salud mental.
Ahora el significado del cansancio es visto como algo negativo de lo cual debemos deshacernos y no cómo el privilegio de estar cansados porque eso significa que estamos entregando lo mejor de nosotros.
A esta tierra vinimos a cansarnos,……. para dormir tenemos siglos después.
-Valorar la libertad como una forma de vencerme a mí mismo y entender que ser libre no es hacer lo que yo quiero.
Quizás deberíamos ejercer nuestra libertad haciendo lo que debemos con placer y decir que estamos felizmente agotados y así poder amar más y mejor.
-El tercer y último punto a cultivar es el desarrollo de la fuerza de voluntad, ese maravilloso talento de poder esperar, de postergar gratificaciones inmediatas en pos de cosas mejores.
Hacernos cariño y tratarnos bien como país y como familia, saludarnos en los ascensores, saludar a los guardias, a los choferes de los micros, sonreír por lo menos una o varias veces al día.
Crear calidez dentro de nuestras casas, hogares, y para eso tiene que haber olor a comida, almohadones aplastados y hasta manchados, cierto desorden que acuse que ahí hay vida.
Nuestras casas independientes de los recursos se están volviendo demasiado perfectas que parece que nadie puede vivir adentro.
Tratemos de crecer en lo espiritual, cualquiera sea la visión de ello.
La trascendencia y el darle sentido a lo que hacemos tiene que ver con la inteligencia espiritual.
Tratemos de dosificar la tecnología y demos paso a la conversación, a los juegos “antiguos”, a los encuentros familiares, a los encuentros con amigos, dentro de casa.
Valoremos la intimidad, el calor y el amor dentro de nuestras familias.
Si logramos trabajar en estos puntos y yo me comprometo a intentarlo, habremos decretado ser felices, lo cual no nos exime de los problemas, pero nos hace entender que la única diferencia entre alguien feliz o no, no tiene que ver con los problemas que tengamos sino que con la actitud con la cual enfrentemos lo que nos toca.
Dicen que las alegrías, cuando se comparten, se agrandan. Y que en cambio, con las penas pasa al revés. Se achican.
Tal vez lo que sucede, es que al compartir, lo que se dilata es el corazón.
Y un corazón dilatado esta mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no nos lastimen por dentro”.
Las dos del curso mi anecdota
Son las 7 menos cuarto de la mañana de un sábado cualquiera y acabo de llegar a casa. No sé si es la mejor hora ni el mejor estado para escribir, pero no puedo dejar de hacerlo.
He salido de casa después de probarme medio armario porque sabia que él iba a las mismas copas que yo. Tanto tiempo sin verle, tiempo durante el que aunque no le haya visto ni hablado no le he podido olvidar y he seguido pensando en él. Tiempo en el que él ha seguido ocupando mis horas de soñar despierta, que no son pocas y supongo que también varias horas de sueños por la noche, pero de esos no me acuerdo.
Tanto tiempo en el que he intentado no hablar de él, pero que alguna vez no he podido evitar comentar algo con mis íntimas amigas. Y aunque con este principio parezca mentira hoy no estoy escribiendo para hablar de él sino de una amiga, pero una de las verdad, que aunque ya la consideraba de mis dos mejores amigas, porque JOF es insustituible hoy me ha demostrado más incluso de lo que podía imaginar. Y sé que Z publicó hace poco “para qué sirve una amiga”, pero lo siento, creo que se lo debo y necesito escribir este post.
Porque ella ha estado siempre en mi clase del cole, pero nuestra amistad ha ido creciendo con los años. Porque aunque éramos las dos únicas del Curso eso no nos unía lo suficiente pero el tiempo ha hecho que nos demos cuenta lo que significamos la una para la otra.
Porque hoy ha dejado de ir a una fiesta para ir a las copas que yo quería ir, sabiendo lo importante que era para mi. Porque ha aguantado mis quejas mientras pensaba que me ponía y en vez de mandarme a callar, ha venido a mi casa ha puesto la música a tope y me ha animado convenciéndome de que esta era nuestra noche.
Porque cuando he llegado a las copas me ha dicho “aquí tienes donde elegir” aunque ya sabía más que de sobra a quién me hubiera gustado a mi elegir. Porque cuando he visto al tío que me encanta ligando con una ha intentado distraerme de todas las maneras posibles, para que me lo pasara bien y no le viera con la otra.
Porque cuando les he visto que ya se iban los dos de la mano no ha hecho falta que le dijera nada, que viendo mi cara, ha visto lo que estaba pasando y me ha dado un abrazo fuerte, tan fuerte que sólo te lo puede dar una buena amiga como ella. Me ha dado un beso y me ha dicho al oído “nos vamos a donde quieras”. Me he negado a irme, porque yo “no puedo cambiar mis planes porque ese tío ligue con otra” porque ya me tengo que dar cuenta de que no va a pasar nada y que aunque me duela, aunque lo único que me apeteciese fuera llorar me tiene que servir para ser más fuerte. Porque él no va a poder conmigo, y menos teniendo una amiga como la que tengo aPor eso escribo este post, por ella. Para darle las gracias por ser como es. Para darle las gracias por estar ahí, no sólo en los buenos momentos sino también es los malos, y para darle las gracias por hacer que los malos momentos se conviertan en buenos. mi lado.
Porque desde ese momento no me ha dejado un minuto sola y se ha ocupado de que yo me lo pasar bien, por difícil que fuera la tarea. Porque me ha llevado a una discoteca y no me ha dado tiempo a dejar el abrigo que ya tenía una copa para mí.
Porque hemos bailado como locas, hecho amigos y ha conseguido que me lo pase en grande. Ha conseguido que YO llegue a las 7 menos cuarto a mi casa, que os puedo asegurar que no es habitual.
Porque tengo una amiga tan buena que ha conseguido que lo que podía haber sido una noche de tragedia haya sido una gran noche. Porque tengo una amiga que no me merezco, pero que sé que va a estar ahí siempre que me haga falta. Pase lo que pase, nos tendremos para sacarnos una sonrisa en los peores momentos.
Porque aunque ya lo sabía hoy he sido más consciente que nunca de la suerte que tengo de tenerle, por eso gracias.
He salido de casa después de probarme medio armario porque sabia que él iba a las mismas copas que yo. Tanto tiempo sin verle, tiempo durante el que aunque no le haya visto ni hablado no le he podido olvidar y he seguido pensando en él. Tiempo en el que él ha seguido ocupando mis horas de soñar despierta, que no son pocas y supongo que también varias horas de sueños por la noche, pero de esos no me acuerdo.
Tanto tiempo en el que he intentado no hablar de él, pero que alguna vez no he podido evitar comentar algo con mis íntimas amigas. Y aunque con este principio parezca mentira hoy no estoy escribiendo para hablar de él sino de una amiga, pero una de las verdad, que aunque ya la consideraba de mis dos mejores amigas, porque JOF es insustituible hoy me ha demostrado más incluso de lo que podía imaginar. Y sé que Z publicó hace poco “para qué sirve una amiga”, pero lo siento, creo que se lo debo y necesito escribir este post.
Porque ella ha estado siempre en mi clase del cole, pero nuestra amistad ha ido creciendo con los años. Porque aunque éramos las dos únicas del Curso eso no nos unía lo suficiente pero el tiempo ha hecho que nos demos cuenta lo que significamos la una para la otra.
Porque hoy ha dejado de ir a una fiesta para ir a las copas que yo quería ir, sabiendo lo importante que era para mi. Porque ha aguantado mis quejas mientras pensaba que me ponía y en vez de mandarme a callar, ha venido a mi casa ha puesto la música a tope y me ha animado convenciéndome de que esta era nuestra noche.
Porque cuando he llegado a las copas me ha dicho “aquí tienes donde elegir” aunque ya sabía más que de sobra a quién me hubiera gustado a mi elegir. Porque cuando he visto al tío que me encanta ligando con una ha intentado distraerme de todas las maneras posibles, para que me lo pasara bien y no le viera con la otra.
Porque cuando les he visto que ya se iban los dos de la mano no ha hecho falta que le dijera nada, que viendo mi cara, ha visto lo que estaba pasando y me ha dado un abrazo fuerte, tan fuerte que sólo te lo puede dar una buena amiga como ella. Me ha dado un beso y me ha dicho al oído “nos vamos a donde quieras”. Me he negado a irme, porque yo “no puedo cambiar mis planes porque ese tío ligue con otra” porque ya me tengo que dar cuenta de que no va a pasar nada y que aunque me duela, aunque lo único que me apeteciese fuera llorar me tiene que servir para ser más fuerte. Porque él no va a poder conmigo, y menos teniendo una amiga como la que tengo aPor eso escribo este post, por ella. Para darle las gracias por ser como es. Para darle las gracias por estar ahí, no sólo en los buenos momentos sino también es los malos, y para darle las gracias por hacer que los malos momentos se conviertan en buenos. mi lado.
Porque desde ese momento no me ha dejado un minuto sola y se ha ocupado de que yo me lo pasar bien, por difícil que fuera la tarea. Porque me ha llevado a una discoteca y no me ha dado tiempo a dejar el abrigo que ya tenía una copa para mí.
Porque hemos bailado como locas, hecho amigos y ha conseguido que me lo pase en grande. Ha conseguido que YO llegue a las 7 menos cuarto a mi casa, que os puedo asegurar que no es habitual.
Porque tengo una amiga tan buena que ha conseguido que lo que podía haber sido una noche de tragedia haya sido una gran noche. Porque tengo una amiga que no me merezco, pero que sé que va a estar ahí siempre que me haga falta. Pase lo que pase, nos tendremos para sacarnos una sonrisa en los peores momentos.
Porque aunque ya lo sabía hoy he sido más consciente que nunca de la suerte que tengo de tenerle, por eso gracias.
Después del final
Hace unos días vi esta foto y no pude estar más de acuerdo con Hemingway. Me hizo ver que hacía mucho que no escribía sobre este tema: sobre lo que realmente duele. He repetido por aquí más de una vez que escribir es terapia personal y gratuita. De la que te ayuda a resolver los problemas de ahí fuera, que la mayoría del tiempo en realidad son cuestiones que tienes sin resolver contigo mismo. No nos damos cuenta y somos así de humanos orgullosos a veces.
Así que pensé que era hora de ponerme manos a la obra con la tarea de desahogarme y fui directa al grano: me pregunté qué es lo que más me pudo doler de toda mi vida. Y curiosamente lo primero que se me vino a la mente fuiste tú. Tú, sinónimo de dolor, penas y angustia durante tanta eternidad, experto de primera clase en el tema de defraudar con un buen máster en engañar y demasiada experiencia en decepcionar. Han pasado años ya. Muchas cosas han ido y venido en ese tiempo. Y sin embargo tú, junto con el intento de unir distintos imposibles, es siempre lo peor que recuerdo.
Al pensar en ti, me quedé quieta, callada, conteniendo la respiración y esperando a que llegase esa avalancha de dolor que solía acompañar algún cruce descarado y sin autorización previa de tu nombre por mi mente.
Tic tac.
Esperé un poco más.
Tic tac.
Y más.
Tic tac.
Verás, es que era curioso, no llegaba el dolor. Ahí no llegaba nada de nada. Mi mente estaba tan en blanco como la hoja que me había dispuesto a llenar con algo que tuviese una mínima sustancia.
Pensé que debía ir más a fondo, así que abrí el cajón veneno de los recuerdos. De par en par. Una caricia. Una mentira. Un beso. Una pelea. Una sonrisa. Un engaño. Fotogramas de un segundo. Uno tras otro, a todo color y alta resolución, un flujo ininterrumpido. Como una película de terror. Y seguía sin sentir nada.
Desesperada, decidí intentarlo por última vez, a ver si me quedaba un último ápice de semtimiento por sacar y, por si las moscas, le di con toda la palma de la mano al botón rojo, ese que se supone que nunca hay que pulsar. Te imaginé ahora, con una vida sin mí. Una rutina sin mí. Un hacerse mayor y aprender sin mí. Una felicidad sin mí. Todo sin mí. Y seguí tan tranquila como si estuviese viendo las nubes pasar.
No puede ser, pensé, no puede ser que lo que ha sido mi mayor fuente de desesperación, y por ende de inspiración, ya no me produzca ni el más mínimo cosquilleo. Nada. Me frusté porque ya no me servías ni para escribir. Y me enfadé, porque después de todo lo que había aguantado, sufrido, confiado en falso, tragado, perdonado en vano, soportado, inserte cualquier otro sinónimo aquí, lo mínimo que me merecía era poder relatarlo para desahogarme a mi manera, anónima y extremadamente efectiva. Pero es que, ya puestos, ni eso me pudiste garantizar. Otra injusticia más de las tuyas.
Que después de todo lo luchado por recibir la más mínima aprobación tuya, ya no podía ni recordar la sensación de felicidad de cuando la conseguía.
Que después de soportar todos los doblesentidos, triplesentidos ya que estamos, y sinsentidos, se me había hasta olvidado lo que sentía cuando me acariciabas el brazo y notaba como todos los pelos, uno a uno, se erizaban.
Que después de pactar y aceptar tu partida de un solo jugador, que todos menos yo inevitablemente veían que iba a perder, tu apodo cariñoso para mí había desaparecido de mi mente y los imposibles resultaron ser demasiado grandes.
Que después de aguantar las palabras que se las llevaba el viento y los ojos que iban al suelo, los recuerdos de esas tardes de verano ya no existen en los rincones de mi memoria.
Que después de jugarme el cuello una vez tras otra y aceptar todos los inmerecidos, ya no seguías aquí, aunque en realidad la última vez sólo te quise aquí por orgullo y por eso de tener la última palabra.
Que se puede decir que te olvidé, que te desdibujé permanentemente de una vez por todas, que lo conseguí, que asumí que no había sitio para los dos.
Pero no del todo, nunca del todo, porque al percatarme de cómo había cambiado, de lo feliz que era ya, vi que todo lo había conseguido por la mayor lección que tú me enseñaste: no merece la pena aguantar injusticias a esos niveles por alguien porque esa persona se acabará yendo y, además de sufrir, que ya es poco agradable, te quedará el trabajo de superarlo, que ya cuenta con un nivel de dificultad extrema. Y después de todo eso, no quedará ni un mísero recuerdo bueno para meter al baúl. No te quedará nada de lo que fue, ni la cáscara. No quedarán ni los restos del polvo que salen al rascar de una memoria cualquiera, porque la mente es así de traicionera: deja que sufras para que luego con el paso del tiempo ni te permita quedarte con un solo recuerdo, y muchísimo menos los buenos, para que cuando te preguntes por enésima vez consecutiva por qué pasaste por todo eso, puedas decir “ah amigo, mereció la pena porque…”. Sólo tendrás la sensación de haber sufrido el mayor delirio de tu vida.
Porque como dicen unos, “el tiempo es un homicida cruel”.
Espero les aya gustado esta entrada, no olviden comentar, saludos.
Así que pensé que era hora de ponerme manos a la obra con la tarea de desahogarme y fui directa al grano: me pregunté qué es lo que más me pudo doler de toda mi vida. Y curiosamente lo primero que se me vino a la mente fuiste tú. Tú, sinónimo de dolor, penas y angustia durante tanta eternidad, experto de primera clase en el tema de defraudar con un buen máster en engañar y demasiada experiencia en decepcionar. Han pasado años ya. Muchas cosas han ido y venido en ese tiempo. Y sin embargo tú, junto con el intento de unir distintos imposibles, es siempre lo peor que recuerdo.
Al pensar en ti, me quedé quieta, callada, conteniendo la respiración y esperando a que llegase esa avalancha de dolor que solía acompañar algún cruce descarado y sin autorización previa de tu nombre por mi mente.
Tic tac.
Esperé un poco más.
Tic tac.
Y más.
Tic tac.
Verás, es que era curioso, no llegaba el dolor. Ahí no llegaba nada de nada. Mi mente estaba tan en blanco como la hoja que me había dispuesto a llenar con algo que tuviese una mínima sustancia.
Pensé que debía ir más a fondo, así que abrí el cajón veneno de los recuerdos. De par en par. Una caricia. Una mentira. Un beso. Una pelea. Una sonrisa. Un engaño. Fotogramas de un segundo. Uno tras otro, a todo color y alta resolución, un flujo ininterrumpido. Como una película de terror. Y seguía sin sentir nada.
Desesperada, decidí intentarlo por última vez, a ver si me quedaba un último ápice de semtimiento por sacar y, por si las moscas, le di con toda la palma de la mano al botón rojo, ese que se supone que nunca hay que pulsar. Te imaginé ahora, con una vida sin mí. Una rutina sin mí. Un hacerse mayor y aprender sin mí. Una felicidad sin mí. Todo sin mí. Y seguí tan tranquila como si estuviese viendo las nubes pasar.
No puede ser, pensé, no puede ser que lo que ha sido mi mayor fuente de desesperación, y por ende de inspiración, ya no me produzca ni el más mínimo cosquilleo. Nada. Me frusté porque ya no me servías ni para escribir. Y me enfadé, porque después de todo lo que había aguantado, sufrido, confiado en falso, tragado, perdonado en vano, soportado, inserte cualquier otro sinónimo aquí, lo mínimo que me merecía era poder relatarlo para desahogarme a mi manera, anónima y extremadamente efectiva. Pero es que, ya puestos, ni eso me pudiste garantizar. Otra injusticia más de las tuyas.
Que después de todo lo luchado por recibir la más mínima aprobación tuya, ya no podía ni recordar la sensación de felicidad de cuando la conseguía.
Que después de soportar todos los doblesentidos, triplesentidos ya que estamos, y sinsentidos, se me había hasta olvidado lo que sentía cuando me acariciabas el brazo y notaba como todos los pelos, uno a uno, se erizaban.
Que después de pactar y aceptar tu partida de un solo jugador, que todos menos yo inevitablemente veían que iba a perder, tu apodo cariñoso para mí había desaparecido de mi mente y los imposibles resultaron ser demasiado grandes.
Que después de aguantar las palabras que se las llevaba el viento y los ojos que iban al suelo, los recuerdos de esas tardes de verano ya no existen en los rincones de mi memoria.
Que después de jugarme el cuello una vez tras otra y aceptar todos los inmerecidos, ya no seguías aquí, aunque en realidad la última vez sólo te quise aquí por orgullo y por eso de tener la última palabra.
Que se puede decir que te olvidé, que te desdibujé permanentemente de una vez por todas, que lo conseguí, que asumí que no había sitio para los dos.
Pero no del todo, nunca del todo, porque al percatarme de cómo había cambiado, de lo feliz que era ya, vi que todo lo había conseguido por la mayor lección que tú me enseñaste: no merece la pena aguantar injusticias a esos niveles por alguien porque esa persona se acabará yendo y, además de sufrir, que ya es poco agradable, te quedará el trabajo de superarlo, que ya cuenta con un nivel de dificultad extrema. Y después de todo eso, no quedará ni un mísero recuerdo bueno para meter al baúl. No te quedará nada de lo que fue, ni la cáscara. No quedarán ni los restos del polvo que salen al rascar de una memoria cualquiera, porque la mente es así de traicionera: deja que sufras para que luego con el paso del tiempo ni te permita quedarte con un solo recuerdo, y muchísimo menos los buenos, para que cuando te preguntes por enésima vez consecutiva por qué pasaste por todo eso, puedas decir “ah amigo, mereció la pena porque…”. Sólo tendrás la sensación de haber sufrido el mayor delirio de tu vida.
Porque como dicen unos, “el tiempo es un homicida cruel”.
Espero les aya gustado esta entrada, no olviden comentar, saludos.
Nadie es perfecto
Llevo toda mi vida intentando hacer las cosas lo mejor posible, y ahora no sé hasta que punto es lo que hay que hacer.
He intentado ser la hija perfecta, la hija de la que mis padres estuvieran orgullosos y de la que pudieran presumir. Siempre he estudiado mucho y he sido responsable, aunque nunca llegué a ser sobresaliente.
Intenté ser culta y dí clases de pintura, de piano, de guitarra y de baile. Incuso de teatro, pero en todas y cada una de ellas lo que descubrí es que le arte no iba conmigo.
He intentado ser la hermana perfecta, ocupándome de mis hermanos pequeños y cuidándoles. Siendo su confidente y cubriéndole de mis padres cuando iban creciendo. Con los mayores también me he portado lo mejor que he sabido, queriendo siempre ser lo que a ellos les parecía que debía de ser, preocupándome de lo que ellos pensaran de mi.
He tratado de ser la nieta que mis abuelos querían, de la que pudieran hablar orgullosos a sus amigos. Responsable, educada y cariñosa. Atenta y cuidadosa. No demasiado fiestera pero lo suficiente como para tener una vida social.
He tratado de cuidar mi dieta, aunque mi debilidad por la comida no me ha dejado nunca llevar la dieta que debería. Intenté ser deportista y llevar la vida más saludable que pudiese, pero ni la natación, ni el baloncesto, ni el padel, ni el tenis.. ¿Qué le vamos a hacer si no soy habilidosa para los deportes?
Me propuse aprender a cocinar, saber llevar una casa, poner lavadoras, fregar y planchar para así ser autosuficiente y poder llevar bien mi casa el día de mañana.
Por supuesto he intentado ser la amiga perfecta. Estar ahí siempre que lo han necesitado cualquiera de ellas. Mantener el contacto con las que están lejos, y ver a menudo a las que están cerca.
Siempre he intentado pensar en los demás antes que en mí, y desde luego me he intentado regir por “no hagas lo que no te gustaría que te hicieran”.
He intentado ser lo que los demás querían que fuese, hasta que me gané la fama de “doña perfecta” y entonces, ya no había vuelta atrás. Hay que cumplir con la expectativas y guardar las apariencias.
Pero realmente ahora me pregunto ¿Y para qué sirve todo esto? ¿De verdad es lo que yo quiero? Por que a veces me encantaría hacer cosas que no debería, comer todo lo que me gustaría, y beber más. Me gustaría poder salir, bailar, cantar y gritar sin tener que pensar en la imagen que voy a dar. Me gustaría de vez en cuando vestirme con algo que se salga de lo normal, no preocuparme de que sea demasiado atrevido o que me quite la etiqueta de “que elegante va esta chica siempre”.
Me gustaría de vez en cuando dejar de ser la amiga responsable, la que cuida y se ocupa de las demás. La que si pasa algo va a poner la cabeza y solucionar los problemas. Me gustaría alguna vez ser yo la que pueda perder la cabeza, la que me meta en algún lio por lo bien que me lo estoy pasando aunque me tengan que sacar de él.
Por que a veces los planes que debería hacer me aburren, la ropa que debería ponerme me da pereza y las historias que me cuentan no me importan absolutamente nada.
He intentado toda mi vida, con todas mis fuerzas y poniendo siempre toda la racionalidad del mundo en ser la niña/ mujer que debía ser, una mujer de bandera, o como quién dice una mujer como Dios manda.
Pero me he perdido muchas cosas por intentar contentar a los demás antes que vivir mi vida, por vivir la vida que ellos querían que tuviera y la que se suponía que debía llevar.
Y ya me he cansado de intentar ser la niña que todas las madres quieran para sus hijos, la que todas pongan de ejemplo. Me he cansado de que mis amigas me pongan de excusa para poder ir a los sitios, porque si está A las madres están tranquilas. Me he cansado de lo que siempre he intentado ser. Me he cansado de intentar ser algo que no era con todas mis fuerzas. Y ahora pienso si de verdad merece la pena o será mejor relajarme, ser yo misma y empezar a vivir.
Huele a ganas
Me dicen que peco mucho de pensar en el futuro y olvidarme del presente.
Puede ser.
Para qué engañarnos. Es totalmente cierto.
Pero es que verás, para mí ya huele a verano.
Huele a hierba y calor. Huele a helado acompañado de las puestas de sol más cercanas a su salida de todo el año. Huele a pantalón corto y a cometer errores porque “qué más da, es verano”. Huele a las ganas de trasnochar, porque en verano no se dice “una más y nos vamos”. No. Nadie quiere irse nunca. Huele a la promesa de volver a la época en la que las preocupaciones eran, valga la redundancia, menos preocupantes. Huele a disfrutar en el césped, arena, toalla o donde se tercie porque la cosa está en tumbarse, disfrutar de los rayos tan ansiados durante los últimos meses y ver las nubes pasar. Huele a jugar con fuego porque es un amor de verano y nada más. Huele a sufrir unas rutinas de belleza bastante intensas. Huele a comilonas-siesta-chapuzón. Huele a la evolución de “benditos bares” a “benditas terrazas”. A sillas de metal que se oyen por toda la calle cuando te mueves un centímetro. A tinto de verano con chorrito de vermú. A cigarrito acompañado de café solo con hielo. Huele a convertir la calle en tu nuevo hogar porque es inconcebible estar entre cuatro paredes más de dos horas. Huele a dormir poco pero nunca estar cansado. Huele al asfalto recalentado de Madrid, del cual todos huimos a la más mínima. Huele a cielo eternamente azul. Huele a que tú te tumbes al sol y yo, fiel a mi tradición vampírica, me atrinchere en la sombra. Huele a la suma de ganas de comerse el mundo y carreteras interminables. Huele a juegos absurdos y encuentros “casuales” contigo porque son los que más nos divierten. Huele a fiesta, seamos sinceros, sin especificar hora del día porque todo es aceptable en verano. Huele a redescubrirse e inevitablemente re-conocerse a uno mismo. Huele a escenario, música en directo y pelos de punta. Huele a gente guapa porque todo el mundo está mejor con gafas de sol. Huele a camisas arremangadas, alpargatas y bermudas. Huele a tirantes finos, cuñas y faldas ibicencas. Huele a más tiempo para descubrir nuevos rincones y menos tiempo para trabajar. Huele a bancarrota por la unión de la poca fuerza de voluntad y las proposiciones de viajes irrepetibles. Huele a un verano distinto, mejor que el anterior y peor que el próximo. Huele a ir a por todas. De cabeza. Porque no conocemos otra manera. Huele a brisa salada, a tormenta sideral, a noches calurosas sin gota de viento. Huele a marca de bañador y a sombra de palmera. Huele a humo, a hoguera, a la mejor ecuación del mundo: barbacoa más toda la pandilla. Huele al gazpacho de tu abuela. Huele a chapuzones, a tirarse de cabeza, tanto en sentido figurativo como en el literal, y a cloro, que aunque nos dé la sensación de que nos están arrancando los ojos, nunca dejaremos de abrirlos bajo el agua, porque somos así de curiosos. Huele a esa colonia que no te puedes quitar de la cabeza. Huele a tres meses de relajación para los suertudos y a dos semanas de locura desenfrenada para nosotros, los pringados trabajadores. Buenoyqué. Las disfrutamos el doble. Huele a la mejor canción del verano de todas, el ruido de las chicharras, mientras exprimes lo poco que queda del día en el porche. Huele a protección solar. Huele a madres embadurnando a sus hijos en ella. Huele a la ausencia de voluntad y falta de responsabilidad cuando se te planta delante la combinación de piel morena y ojos claros. Huele a tormenta estival, la única del año en la que no te importa empaparte. Es más, quieres. Y luego a tierra mojada, uno de mis olores favoritos. Huele a que más de uno se tirará al agua con el móvil en el bolsillo. Y qué más da, es un aparato sobrevalorado. Huele a pecas en la nariz. Huele a fin de exámenes, horizontes sin fin y esperanzas por las nubes. Huele a castillos en el aire que, durante un tiempecito, se sostienen. Huele a cambio, que aunque no nos demos cuenta en el momento, siempre es a mejor. Huele a reggaetón saliendo a todo volumen por las ventanillas. Lo odio pero reconozco que sin él, es menos verano. Huele a paseos de madrugada, creyéndonos invencibles y lográndolo. Huele a que te pisen cuando llevas chanclas y cagarse en todos sus muertos. Huele a juegos de cartas durante horas, apuestas demasiado arriesgadas y decisiones mezcladas con alcohol, peligrosas pero divertidas, que rápidamente se solucionan tomando otra aun peor. Huele a que unas se pintan las uñas de los pies y otros se dejen esa barba de tres días. Huele a que definitivamente es mejor insinuar que enseñar. Huele a adrenalina temporal, ola de calor y confusión demasiado conveniente. Huele al miedo a acercarse a una fuente porque hay avispas a tutiplén. Huele a quemar tacón, mojar melena y gritar al viento. Huele a declaraciones de amor estrepitosas porque es el momento de jugársela a un todo o nada.
Huele a revolución veraniega, a rebeldes con la mejor causa del mundo, huele a living on the fucking edge.
Porque si es cuestión de ser eternamente jóvenes, ahora es el mejor momento.
Puede ser.
Para qué engañarnos. Es totalmente cierto.
Pero es que verás, para mí ya huele a verano.
Huele a hierba y calor. Huele a helado acompañado de las puestas de sol más cercanas a su salida de todo el año. Huele a pantalón corto y a cometer errores porque “qué más da, es verano”. Huele a las ganas de trasnochar, porque en verano no se dice “una más y nos vamos”. No. Nadie quiere irse nunca. Huele a la promesa de volver a la época en la que las preocupaciones eran, valga la redundancia, menos preocupantes. Huele a disfrutar en el césped, arena, toalla o donde se tercie porque la cosa está en tumbarse, disfrutar de los rayos tan ansiados durante los últimos meses y ver las nubes pasar. Huele a jugar con fuego porque es un amor de verano y nada más. Huele a sufrir unas rutinas de belleza bastante intensas. Huele a comilonas-siesta-chapuzón. Huele a la evolución de “benditos bares” a “benditas terrazas”. A sillas de metal que se oyen por toda la calle cuando te mueves un centímetro. A tinto de verano con chorrito de vermú. A cigarrito acompañado de café solo con hielo. Huele a convertir la calle en tu nuevo hogar porque es inconcebible estar entre cuatro paredes más de dos horas. Huele a dormir poco pero nunca estar cansado. Huele al asfalto recalentado de Madrid, del cual todos huimos a la más mínima. Huele a cielo eternamente azul. Huele a que tú te tumbes al sol y yo, fiel a mi tradición vampírica, me atrinchere en la sombra. Huele a la suma de ganas de comerse el mundo y carreteras interminables. Huele a juegos absurdos y encuentros “casuales” contigo porque son los que más nos divierten. Huele a fiesta, seamos sinceros, sin especificar hora del día porque todo es aceptable en verano. Huele a redescubrirse e inevitablemente re-conocerse a uno mismo. Huele a escenario, música en directo y pelos de punta. Huele a gente guapa porque todo el mundo está mejor con gafas de sol. Huele a camisas arremangadas, alpargatas y bermudas. Huele a tirantes finos, cuñas y faldas ibicencas. Huele a más tiempo para descubrir nuevos rincones y menos tiempo para trabajar. Huele a bancarrota por la unión de la poca fuerza de voluntad y las proposiciones de viajes irrepetibles. Huele a un verano distinto, mejor que el anterior y peor que el próximo. Huele a ir a por todas. De cabeza. Porque no conocemos otra manera. Huele a brisa salada, a tormenta sideral, a noches calurosas sin gota de viento. Huele a marca de bañador y a sombra de palmera. Huele a humo, a hoguera, a la mejor ecuación del mundo: barbacoa más toda la pandilla. Huele al gazpacho de tu abuela. Huele a chapuzones, a tirarse de cabeza, tanto en sentido figurativo como en el literal, y a cloro, que aunque nos dé la sensación de que nos están arrancando los ojos, nunca dejaremos de abrirlos bajo el agua, porque somos así de curiosos. Huele a esa colonia que no te puedes quitar de la cabeza. Huele a tres meses de relajación para los suertudos y a dos semanas de locura desenfrenada para nosotros, los pringados trabajadores. Buenoyqué. Las disfrutamos el doble. Huele a la mejor canción del verano de todas, el ruido de las chicharras, mientras exprimes lo poco que queda del día en el porche. Huele a protección solar. Huele a madres embadurnando a sus hijos en ella. Huele a la ausencia de voluntad y falta de responsabilidad cuando se te planta delante la combinación de piel morena y ojos claros. Huele a tormenta estival, la única del año en la que no te importa empaparte. Es más, quieres. Y luego a tierra mojada, uno de mis olores favoritos. Huele a que más de uno se tirará al agua con el móvil en el bolsillo. Y qué más da, es un aparato sobrevalorado. Huele a pecas en la nariz. Huele a fin de exámenes, horizontes sin fin y esperanzas por las nubes. Huele a castillos en el aire que, durante un tiempecito, se sostienen. Huele a cambio, que aunque no nos demos cuenta en el momento, siempre es a mejor. Huele a reggaetón saliendo a todo volumen por las ventanillas. Lo odio pero reconozco que sin él, es menos verano. Huele a paseos de madrugada, creyéndonos invencibles y lográndolo. Huele a que te pisen cuando llevas chanclas y cagarse en todos sus muertos. Huele a juegos de cartas durante horas, apuestas demasiado arriesgadas y decisiones mezcladas con alcohol, peligrosas pero divertidas, que rápidamente se solucionan tomando otra aun peor. Huele a que unas se pintan las uñas de los pies y otros se dejen esa barba de tres días. Huele a que definitivamente es mejor insinuar que enseñar. Huele a adrenalina temporal, ola de calor y confusión demasiado conveniente. Huele al miedo a acercarse a una fuente porque hay avispas a tutiplén. Huele a quemar tacón, mojar melena y gritar al viento. Huele a declaraciones de amor estrepitosas porque es el momento de jugársela a un todo o nada.
Huele a revolución veraniega, a rebeldes con la mejor causa del mundo, huele a living on the fucking edge.
Porque si es cuestión de ser eternamente jóvenes, ahora es el mejor momento.
Querer no está de moda
Solemos caer en el error de obsesionarnos con el pasado y dar vueltas una y otra vez a lo que hicimos mal y, todavía más, a lo que nos hicieron peor. Y me resulta triste. Hay tantas formas de querer en presente y malgastamos el tiempo, invirtiéndolo en intentar cambiar eventos inamovibles y añorar situaciones que ya fueron escritas hace mucho. La mayoría de las personas tienes la grandísima suerte de conocer y compartir grandes momentos en este mismo instante con padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, amigos y, cómo no, másqueamigos. Sin embargo, nos dedicamos a lamentarnos por cómo quisimos en un pasado y en pensar en qué habría sucedido si la suerte nos hubiese sonreído de otra manera, si la música hubiese sonado a otro ritmo, o si nos hubiesen dado una mano mejor con algún que otro as.
¿Por qué tanta obsesión con algo tan remoto como el pasado si ya está lejos?
Yo creo que la respuesta es sencilla: el presente da miedo.
Es retador. Es difícil. Te da en las narices. De golpe. Es ese muro gigante contra el que te chocas. El que requiere escalarlo y sudar para conseguir llegar al otro lado. Ese.
Pero lo que más caracteriza al presente es que es el momento en el que menos información tenemos a la hora de actuar y eso complica la situación en el momento de decidir.
¿Cuántas veces decimos “si en el momento lo hubiese sabido habría hecho las cosas de otra manera”? El pasado es fácil porque controlas la situación. Sabes todo de él. Del ahora en realidad no sabes nada. Las decisiones las tomamos en base a corazonadas y después tiramos los dados, cruzamos los dedos y esperamos que todo salga bien.
Y por eso es más fácil decir que quisiste a alguien, no que lo quieres ahora. Lo que pasa es que para querer, en presente, hoy, ahora, en este mismo instante y no otro, hay que ser valiente. Hay que echar toda la carne al asador y lamentablemente eso no está demasiado difundido. Según nos vamos haciendo más mayores aprendemos, a modo de coraza, a idealizar las relaciones y momentos pasados, en vez de valorar lo que tenemos en la actualidad. Algunos directamente cambian lo que en verdad significó y lo que sucedió, mezclando una extendidísima imaginación, deseos frustrados y mentira poco original con mucha maestría y alguna que otra dosis de realidad, porque “sino sería inventárselo del todo”. Explotamos al pasado hasta que no le queda ni una sola gota de jugo, nos evadimos con él cuando lo consideramos oportuno y el pobre no tiene ni voz para quejarse.
Y es que cuando la realidad choca, recurrimos a este tipo de trucos, engañándonos tan solo a nosotros mismos. El problema es que la realidad es cruda pero, ante todo, es real. Y eso es lo importante que con demasiada frecuencia decidimos olvidar.
Es más fácil haber querido que querer en presente porque querer a alguien es mantener esa promesa cuando ya no te conviene. Es hacer que todas las palabras que algún día dijiste en estado de euforia máxima sigan teniendo el mismo sentido en los malos momentos. Es estar dispuesto a luchar hasta el final y poner las necesidades de otra persona muy por encima de las tuyas. Es decir adiós la egoísmo, al “yo y sólo yo”. Es no tirar la toalla en cuanto se avecina tormenta. No es sólo tragarte el orgullo, sino que es dejarlo tirado en la cuneta y abandonarlo para siempre. Sayonara, baby. Es convertir sus alegrías en las tuyas, e ir más allá, haciendo lo mismo con las penas, para bien o para mal. Es aprender a ceder y a olvidarte de la ley del talión. Es saber seguir tirando del equipo cuando haya una lesión. Es estar dispuesto a poner la otra mejilla, como mínimo.
Y sobre todo es dejar de decir “querer”, y transformarlo con el tiempo en “amar“. “Querer” para mí suena a infatuación, a posesión y deseo efímeros. “Amar” está en otro nivel, es entregarse. Querer se llegará a querer a un puñado o dos, pero amar, sólo se ama a una persona en la vida.
Y aunque perdamos el rumbo y nos repitamos lo contrario, no nos podemos olvidar del objetivo final al que todos aspiramos: amar en presente y futuro, y dejar de querer en pasado.
“El amor no tiene nada que ver con lo que tú esperas obtener, sino con lo que tú esperas dar, que es todo.”
¿Por qué tanta obsesión con algo tan remoto como el pasado si ya está lejos?
Yo creo que la respuesta es sencilla: el presente da miedo.
Es retador. Es difícil. Te da en las narices. De golpe. Es ese muro gigante contra el que te chocas. El que requiere escalarlo y sudar para conseguir llegar al otro lado. Ese.
Pero lo que más caracteriza al presente es que es el momento en el que menos información tenemos a la hora de actuar y eso complica la situación en el momento de decidir.
¿Cuántas veces decimos “si en el momento lo hubiese sabido habría hecho las cosas de otra manera”? El pasado es fácil porque controlas la situación. Sabes todo de él. Del ahora en realidad no sabes nada. Las decisiones las tomamos en base a corazonadas y después tiramos los dados, cruzamos los dedos y esperamos que todo salga bien.
Y por eso es más fácil decir que quisiste a alguien, no que lo quieres ahora. Lo que pasa es que para querer, en presente, hoy, ahora, en este mismo instante y no otro, hay que ser valiente. Hay que echar toda la carne al asador y lamentablemente eso no está demasiado difundido. Según nos vamos haciendo más mayores aprendemos, a modo de coraza, a idealizar las relaciones y momentos pasados, en vez de valorar lo que tenemos en la actualidad. Algunos directamente cambian lo que en verdad significó y lo que sucedió, mezclando una extendidísima imaginación, deseos frustrados y mentira poco original con mucha maestría y alguna que otra dosis de realidad, porque “sino sería inventárselo del todo”. Explotamos al pasado hasta que no le queda ni una sola gota de jugo, nos evadimos con él cuando lo consideramos oportuno y el pobre no tiene ni voz para quejarse.
Y es que cuando la realidad choca, recurrimos a este tipo de trucos, engañándonos tan solo a nosotros mismos. El problema es que la realidad es cruda pero, ante todo, es real. Y eso es lo importante que con demasiada frecuencia decidimos olvidar.
Es más fácil haber querido que querer en presente porque querer a alguien es mantener esa promesa cuando ya no te conviene. Es hacer que todas las palabras que algún día dijiste en estado de euforia máxima sigan teniendo el mismo sentido en los malos momentos. Es estar dispuesto a luchar hasta el final y poner las necesidades de otra persona muy por encima de las tuyas. Es decir adiós la egoísmo, al “yo y sólo yo”. Es no tirar la toalla en cuanto se avecina tormenta. No es sólo tragarte el orgullo, sino que es dejarlo tirado en la cuneta y abandonarlo para siempre. Sayonara, baby. Es convertir sus alegrías en las tuyas, e ir más allá, haciendo lo mismo con las penas, para bien o para mal. Es aprender a ceder y a olvidarte de la ley del talión. Es saber seguir tirando del equipo cuando haya una lesión. Es estar dispuesto a poner la otra mejilla, como mínimo.
Y sobre todo es dejar de decir “querer”, y transformarlo con el tiempo en “amar“. “Querer” para mí suena a infatuación, a posesión y deseo efímeros. “Amar” está en otro nivel, es entregarse. Querer se llegará a querer a un puñado o dos, pero amar, sólo se ama a una persona en la vida.
Y aunque perdamos el rumbo y nos repitamos lo contrario, no nos podemos olvidar del objetivo final al que todos aspiramos: amar en presente y futuro, y dejar de querer en pasado.
“El amor no tiene nada que ver con lo que tú esperas obtener, sino con lo que tú esperas dar, que es todo.”
Otra vez más
Y una vez más ha vuelto a hacerme lo mismo. Apareces como si nada de nuevo en mi vida, encantador, divertido y sabiendo que donde hubo fuego, cenizas quedan. Pero al poco tiempo, cuando consigues que yo vuelva a sentir algo por ti, desapareces y dejas de dar señales de vida.
No entiendo a que venía ese mensaje después de tanto tiempo sin saber de ti.
“Hola, nos bajamos este finde unos cuantos amigos a Tarifa, te apetece venirte?” Así, sin más, como si fuera lo más normal del mundo. Y como una tonta, pensando que no tenia porque pasar nada y en lo divertido que sonaba un fin de semana en la playa, y tú enseñándome a hacer kitesurf convencí a un par de amigas y allí que nos fuimos.
El fin de semana fue mucho mejor de lo que yo me podría haber imaginado. Ya era un planazo de por sí, pero tú conseguiste que fuera el mejor fin de semana del año (o por lo menos de lo que llevábamos de año). Fuiste el tío perfecto, y te ocupaste de mí como si estuvieras locamente enamorado, consiguiendo que yo me lo creyera.
Y lo has vuelto a hacer, has vuelto a desaparecer cuando yo ya pensaba que esto podía ser algo serio. Has desaparecido después de un par de noches mano a mano en las que lo pasamos fenomenal. Has desaparecido después de haber ido a cenar a aquellos sitios que me decías que me tenias que enseñar. Has desaparecido después de volverme a enamorar.
¿Y ahora que? ¿Cómo se supone que tengo que actuar? Me he encontrado a tus amigos y todos me hablan de ti, incluso me han presentado como “la novia de Ignacio.” Me preguntan donde estás y porque no hemos venido juntos. Supongo que ellos no se han enterado de que tú has vuelto a desaparecer. Sonrío y digo que no sé donde estás.
Y de repente apareces tú, vienes con un par de acompañantes y copitas de más. Parece que te sorprende verme allí, me saludas y sigues como si nada. ¿Por qué has venido a mi bar si sabias que yo voy siempre? Si me has discutido miles de veces que no entiendes el atractivo que le veo a ese sitio. Después de saludarme no me has dirigido la palabra, pero te has ocupado de hablarle a mis amigas de mí, sabias que me lo iban a contar, eso estaba claro. Así te asegurabas que te seguía teniendo en la cabeza.
Cierran el bar y me voy a casa, con sólo una cosa en la cabeza, IGNACIO: Ignacio ha pasado de mí, Ignacio estaba con una, Ignacio no me ha hablado, He pillado a Ignacio mirándome…. Todo tenía tu nombre y me doy cuenta que me va a volver a costar olvidarme de ti. Llego a casa y encima me escribes. “Buenas noches, que duermas bien”
Empiezo a pensar que no eres tan bueno como creía, que no te deben de haber dicho nunca que con las personas no se juega, o peor aún, los sabes pero te ha dado igual.
Y entonces me doy cuenta que otra vez me has vuelto a hacer lo mismo, y otra vez tendré que olvidarte. Pero que olvidarte sólo no sirve, que además tendré que hacerme una coraza contra ti y aprender que si vuelves a venir dentro de un tiempo, que si me escribes y me propones algún plan tendré que ser racional y aprender a decirte que no.
No entiendo a que venía ese mensaje después de tanto tiempo sin saber de ti.
“Hola, nos bajamos este finde unos cuantos amigos a Tarifa, te apetece venirte?” Así, sin más, como si fuera lo más normal del mundo. Y como una tonta, pensando que no tenia porque pasar nada y en lo divertido que sonaba un fin de semana en la playa, y tú enseñándome a hacer kitesurf convencí a un par de amigas y allí que nos fuimos.
El fin de semana fue mucho mejor de lo que yo me podría haber imaginado. Ya era un planazo de por sí, pero tú conseguiste que fuera el mejor fin de semana del año (o por lo menos de lo que llevábamos de año). Fuiste el tío perfecto, y te ocupaste de mí como si estuvieras locamente enamorado, consiguiendo que yo me lo creyera.
Y lo has vuelto a hacer, has vuelto a desaparecer cuando yo ya pensaba que esto podía ser algo serio. Has desaparecido después de un par de noches mano a mano en las que lo pasamos fenomenal. Has desaparecido después de haber ido a cenar a aquellos sitios que me decías que me tenias que enseñar. Has desaparecido después de volverme a enamorar.
¿Y ahora que? ¿Cómo se supone que tengo que actuar? Me he encontrado a tus amigos y todos me hablan de ti, incluso me han presentado como “la novia de Ignacio.” Me preguntan donde estás y porque no hemos venido juntos. Supongo que ellos no se han enterado de que tú has vuelto a desaparecer. Sonrío y digo que no sé donde estás.
Y de repente apareces tú, vienes con un par de acompañantes y copitas de más. Parece que te sorprende verme allí, me saludas y sigues como si nada. ¿Por qué has venido a mi bar si sabias que yo voy siempre? Si me has discutido miles de veces que no entiendes el atractivo que le veo a ese sitio. Después de saludarme no me has dirigido la palabra, pero te has ocupado de hablarle a mis amigas de mí, sabias que me lo iban a contar, eso estaba claro. Así te asegurabas que te seguía teniendo en la cabeza.
Cierran el bar y me voy a casa, con sólo una cosa en la cabeza, IGNACIO: Ignacio ha pasado de mí, Ignacio estaba con una, Ignacio no me ha hablado, He pillado a Ignacio mirándome…. Todo tenía tu nombre y me doy cuenta que me va a volver a costar olvidarme de ti. Llego a casa y encima me escribes. “Buenas noches, que duermas bien”
Empiezo a pensar que no eres tan bueno como creía, que no te deben de haber dicho nunca que con las personas no se juega, o peor aún, los sabes pero te ha dado igual.
Y entonces me doy cuenta que otra vez me has vuelto a hacer lo mismo, y otra vez tendré que olvidarte. Pero que olvidarte sólo no sirve, que además tendré que hacerme una coraza contra ti y aprender que si vuelves a venir dentro de un tiempo, que si me escribes y me propones algún plan tendré que ser racional y aprender a decirte que no.
Lo que he aprendido de Disney
En esta ocasión les traigo lo que vendría siendo de mi parte una reflexión
la cual e hecho respecto a Disney, si bien por si muchos no saben tiene muchos mensajes subliminales, tal vez hable sobre eso en otra entrada si noto interés, en fin, aqui les dejo mi reflexión respecto a sus enseñanzas y moralejas.
Yo fiel a mi adoración por Disney este fin de semana llevé a mis primas pequeñas a ver Maléfica. Me encantó la actuación de Angelina Jolie y el hecho de que cambiaran un poco la historia, para darle algo de intriga. Pero sobre todo me sorprendió la moraleja del fina de la película “No hay amor más verdadero que el amor de madre”, o desde luego esa es la moraleja que yo saqué.
Entonces me paré a pensar, ¿por qué habrá cambiado Disney un final feliz de príncipe y princesa enamorados? ¿Será por la cantidad de críticas haciendo referencia a las falsas expectativas que nos crea sobre el amor las películas de Disney? Y entonces pienso… ¿Por qué se habla tanto de que Disney enseña un amor ideal y un mundo utópico en vez de pensar la cantidad enseñanzas que podemos sacar de sus películas?
Y me pongo a pensar en cada una de las películas que he visto tantas veces a lo largo de mi vida. Y me doy cuenta que Disney me ha enseñado que lo importante está en el interior, la Bella y la Bestia demuestran que cuando quieres a una persona la apariencia da igual, la belleza no significa nada. Shrek lo reafirma, demostrando que Fiona no tenía que ser perfecta para que ser feliz.
Pinocho me enseñó algo que considero esencial, y es la honestidad.
Pocahontas y la Dama y el Vagabundo me enseñaron a aceptar las diferencias. No debemos de tener miedo de que haya personas diferentes a nosotros, sino aceptarlas y aprender de esas diferencias, que nos enriquecerán. Las diferencias nos hacen especiales.
Con Mulán aprendí que hay que luchar por lo que crees, por difícil que sea la batalla, para recalcar esa enseñanza el padre de Nemo nos demostró que no hay que rendirse, como diría Dory “sigue nadando”. Ya Dumbo demostró que todo es posible aunque no lo puedas ver inicialmente, y nos hace plantearnos: ¿Ver para creer o creer para ver?.
Peter Pan me enseñó algo que ahora empiezo a valorar, y es que nunca somos demasiado mayores para pasárnoslo bien. Llega un momento, yo diría que a los veintitantos que empezamos a vernos mayores para hacer el tonto, pero deberíamos de pensar más en Peter Pan y aunque con cabeza disfrutar de nuestra juventud!
Blanca Nieves me enseñó algo fundamental para la vida laboral, y es que el trabajo en equipo es mucho mejor que el individual. Es más divertido y satisfactorio.
La Cenicienta me enseñó la importancia de la actitud. Como el positivismo puede hacerte sobrellevar cualquier situación con una sonrisa.
Lilo & Stitch me enseñaron que Ohana significa familia y la familia nunca te abandona.
En todas y cada una de las películas hacen referencia a la importancia de la amistad, y es que Disney nos enseña que un amigo es aquel capaz de hacer lo que sea para ayudarte.
Entonces me doy cuenta de la importancia que ha tenido Disney en la formación de mi carácter, y que debería de pensar más de una vez en todos estos valores que me enseñan las películas. Y me acuerdo de mi frase preferida…
la cual e hecho respecto a Disney, si bien por si muchos no saben tiene muchos mensajes subliminales, tal vez hable sobre eso en otra entrada si noto interés, en fin, aqui les dejo mi reflexión respecto a sus enseñanzas y moralejas.
Yo fiel a mi adoración por Disney este fin de semana llevé a mis primas pequeñas a ver Maléfica. Me encantó la actuación de Angelina Jolie y el hecho de que cambiaran un poco la historia, para darle algo de intriga. Pero sobre todo me sorprendió la moraleja del fina de la película “No hay amor más verdadero que el amor de madre”, o desde luego esa es la moraleja que yo saqué.
Entonces me paré a pensar, ¿por qué habrá cambiado Disney un final feliz de príncipe y princesa enamorados? ¿Será por la cantidad de críticas haciendo referencia a las falsas expectativas que nos crea sobre el amor las películas de Disney? Y entonces pienso… ¿Por qué se habla tanto de que Disney enseña un amor ideal y un mundo utópico en vez de pensar la cantidad enseñanzas que podemos sacar de sus películas?
Y me pongo a pensar en cada una de las películas que he visto tantas veces a lo largo de mi vida. Y me doy cuenta que Disney me ha enseñado que lo importante está en el interior, la Bella y la Bestia demuestran que cuando quieres a una persona la apariencia da igual, la belleza no significa nada. Shrek lo reafirma, demostrando que Fiona no tenía que ser perfecta para que ser feliz.
Pinocho me enseñó algo que considero esencial, y es la honestidad.
Pocahontas y la Dama y el Vagabundo me enseñaron a aceptar las diferencias. No debemos de tener miedo de que haya personas diferentes a nosotros, sino aceptarlas y aprender de esas diferencias, que nos enriquecerán. Las diferencias nos hacen especiales.
Con Mulán aprendí que hay que luchar por lo que crees, por difícil que sea la batalla, para recalcar esa enseñanza el padre de Nemo nos demostró que no hay que rendirse, como diría Dory “sigue nadando”. Ya Dumbo demostró que todo es posible aunque no lo puedas ver inicialmente, y nos hace plantearnos: ¿Ver para creer o creer para ver?.
Peter Pan me enseñó algo que ahora empiezo a valorar, y es que nunca somos demasiado mayores para pasárnoslo bien. Llega un momento, yo diría que a los veintitantos que empezamos a vernos mayores para hacer el tonto, pero deberíamos de pensar más en Peter Pan y aunque con cabeza disfrutar de nuestra juventud!
Blanca Nieves me enseñó algo fundamental para la vida laboral, y es que el trabajo en equipo es mucho mejor que el individual. Es más divertido y satisfactorio.
La Cenicienta me enseñó la importancia de la actitud. Como el positivismo puede hacerte sobrellevar cualquier situación con una sonrisa.
Lilo & Stitch me enseñaron que Ohana significa familia y la familia nunca te abandona.
En todas y cada una de las películas hacen referencia a la importancia de la amistad, y es que Disney nos enseña que un amigo es aquel capaz de hacer lo que sea para ayudarte.
Entonces me doy cuenta de la importancia que ha tenido Disney en la formación de mi carácter, y que debería de pensar más de una vez en todos estos valores que me enseñan las películas. Y me acuerdo de mi frase preferida…
¿Que hacer cuando se acaban las oportunidades?
Bueno entres mis líricas y poemas que escribo les dejo esta denominada, ¿que hacer cuando se acaban las oportunidades?, esta muy buena lean lo, ya que esta muy inspirador, Espero lo disfruten y les sea de su agrado, saludos gente.
¿Qué hacer cuando se acabaron las oportunidades? ¿Qué hacer cuando te das cuenta de que todo no salió como estaba previsto y que nunca será como soñaste? ¿Y cuando te la jugaste a un “todo o nada” y salió un enorme vacío, un agujero negro de los grandes?
Es fácil. Se apaga la luz. Se cierra el telón. Se acaba la función. Y te vas. No te quedas esperando a la salida a ver si hay suerte, ni compras entradas para el próximo pase. Te vas.
No pretendo remover los fantasmas del pasado, ni tuyos ni míos, que esos están muy bien guardados en su cajón del olvido. Sólo quiero hallar la explicación de por qué algunos rizan el rizo cuando ya no hay ni un solo pelo del que tirar.
Yo quiero exponer mi teoría de por qué en momentos de soledad nos dedicamos a desenterrar aquello que ya está hasta lapidado.
Creo que es por dos razones.
La primera, se confunde el estar solo con el estar soltero. Son dos cosas muy distintas. Soltero se puede estar a veces sí, a veces no, pero solo nunca. Siempre va a haber alguien que nos quiera, aunque no necesariamente de esa manera especial que buscamos. Siempre va a haber un hermano, un confidente, un superviviente. Siempre.
La segunda es el miedo, pero un miedo mucho más primitivo que el miedo a estar “solo”. Es un miedo idéntico al pánico que siente un niño cuando le dejan solo a oscuras. Es el miedo a lo desconocido.
Algunos son incapaces de vivir sin ningún tipo de ligue, por superficial que sea, porque es sinónimo de desconocer a quién poder acudir, a quién poder llamar o invitar a alguna fiesta, o a quién abrazar al final del día.
Y es que está todo al revés. Se pretende empezar a construir la casa por el tejado y las reglas del juego no están escritas de esa manera. He aprendido que cuando más se crece a nivel individual es en la soltería. Cuando más se conoce a uno mismo es en la soltería. Cuando más vas a por lo que realmente quieres (adivínalo) es en la soltería.
Que para aprender a querer a otra persona, hay que empezar por quererse a uno mismo. Que para elegir a la persona adecuada no hay que andar buscándola. Y que hay que replantearse lo que es estar con alguien de verdad. No salir o quedar o como se llame ahora. No. Estar. Con todas sus letras.
Estar significa que esa persona puede contar contigo para lo que sea porque tú siempre “estás”. Estar significa que no cambias de emoción como una veleta cuando sopla el viento, da igual que sea una brisilla o un huracán. Significa ser firme y cumplir. Significa compromiso, esa palabra que tanta alergia se le tiene hoy en día por el esfuerzo que implica. Estar es que puedan depender de ti, pase lo que pase. Es dar lo máximo, que es lo mínimo.
Espero les aya gustado esta entrada, no olviden compartir si les gusto y también comentar lo que esto les provoco, nos vemos en una próxima.
¿Qué hacer cuando se acabaron las oportunidades? ¿Qué hacer cuando te das cuenta de que todo no salió como estaba previsto y que nunca será como soñaste? ¿Y cuando te la jugaste a un “todo o nada” y salió un enorme vacío, un agujero negro de los grandes?
Es fácil. Se apaga la luz. Se cierra el telón. Se acaba la función. Y te vas. No te quedas esperando a la salida a ver si hay suerte, ni compras entradas para el próximo pase. Te vas.
No pretendo remover los fantasmas del pasado, ni tuyos ni míos, que esos están muy bien guardados en su cajón del olvido. Sólo quiero hallar la explicación de por qué algunos rizan el rizo cuando ya no hay ni un solo pelo del que tirar.
Yo quiero exponer mi teoría de por qué en momentos de soledad nos dedicamos a desenterrar aquello que ya está hasta lapidado.
Creo que es por dos razones.
La primera, se confunde el estar solo con el estar soltero. Son dos cosas muy distintas. Soltero se puede estar a veces sí, a veces no, pero solo nunca. Siempre va a haber alguien que nos quiera, aunque no necesariamente de esa manera especial que buscamos. Siempre va a haber un hermano, un confidente, un superviviente. Siempre.
La segunda es el miedo, pero un miedo mucho más primitivo que el miedo a estar “solo”. Es un miedo idéntico al pánico que siente un niño cuando le dejan solo a oscuras. Es el miedo a lo desconocido.
Algunos son incapaces de vivir sin ningún tipo de ligue, por superficial que sea, porque es sinónimo de desconocer a quién poder acudir, a quién poder llamar o invitar a alguna fiesta, o a quién abrazar al final del día.
Y es que está todo al revés. Se pretende empezar a construir la casa por el tejado y las reglas del juego no están escritas de esa manera. He aprendido que cuando más se crece a nivel individual es en la soltería. Cuando más se conoce a uno mismo es en la soltería. Cuando más vas a por lo que realmente quieres (adivínalo) es en la soltería.
Que para aprender a querer a otra persona, hay que empezar por quererse a uno mismo. Que para elegir a la persona adecuada no hay que andar buscándola. Y que hay que replantearse lo que es estar con alguien de verdad. No salir o quedar o como se llame ahora. No. Estar. Con todas sus letras.
Estar significa que esa persona puede contar contigo para lo que sea porque tú siempre “estás”. Estar significa que no cambias de emoción como una veleta cuando sopla el viento, da igual que sea una brisilla o un huracán. Significa ser firme y cumplir. Significa compromiso, esa palabra que tanta alergia se le tiene hoy en día por el esfuerzo que implica. Estar es que puedan depender de ti, pase lo que pase. Es dar lo máximo, que es lo mínimo.
Espero les aya gustado esta entrada, no olviden compartir si les gusto y también comentar lo que esto les provoco, nos vemos en una próxima.
Otra noche que acaba pronto
Aquí les dejo esta historia sobre otra noche que acaba pronto, por fin podemos publicar un post escrito por C. ¡Esperamos que les guste tanto como a nosotros!
Otra noche que acaba pronto. Justo hoy tenía ganas de salir hasta un poco más tarde… al menos llego a tiempo de coger el metro. Toca esperar un par de minutos y me entretengo mirando a la gente. De pronto me doy cuenta de lo ruidosa que es esta estación y la cantidad de extranjeros que esperan conmigo a que llegue el tren. Puedo oír a un grupo de franceses en el andén de enfrente hablar entre risas mientras un rezagado se esfuerza por hablar inglés para dar indicaciones a un nórdico que quiere ir a la Sagrada Familia. Por mi izquierda, a lo lejos, oigo una especie de flauta de pan tocando la banda sonora de algún Western, mezclándose con la melodía que me llega por mi derecha del hombre asiático que estaba tocando un instrumento de cuerda con sonidos muy orientales a la entrada de la estación. Esta conglomeración acústica internacional me hace pensar en lo mucho que se viaja hoy en día para conocer culturas con las que en realidad convivimos en el día a día.
Absorta en mis reflexiones sobre la globalización, me monto en el metro semivacío que acaba de llegar. Es un acto reflejo, mecánico, que permite a mi cuerpo reaccionar a la llegada del metro mientras mi cabeza está en otro planeta. Me saca de mi trance un chico con el que me cruzo al entrar, sale demasiado tarde del metro y las puertas le pillan la mochila. Pero tira de ella con fuerza y la desengancha. La escena me hace soltar una carcajada que contagia a los del banco de enfrente. Entonces me fijo. Una mujer disfrazada de los años veinte y una pareja joven con una bolsa de papel en la que quiero adivinar que llevan un postre para alguna cena con amigos. Las risas llevan a una conversación. Estoy a una distancia que me permite participar, pero como pasajera habitual del transporte público, me limito a desviar la mirada y afinar el oído. Ella actúa en un pequeño espectáculo. Ellos (efectivamente) tienen una cena. La conversación es interrumpida por silencios acompañados de sonrisas y nuevos comentarios que reavivan la conversación brevemente. Por eso mismo decidí no participar, porque una vez que inicias el diálogo en el metro no hay forma de saber cuando se acaba. Uno se resigna a esperar a que llegue la parada que pondrá fin a la conversación, ofreciendo mientras tanto comentarios amables al extraño que se muestra demasiado entusiasmado con hablar con alguien.
En este caso, llegó la parada de la mujer disfrazada. Mientras se bajaba del metro deshaciéndose en despedidas que la joven pareja respondía amablemente, un chico se monta en el tren. Es alto, moreno, con barba de par de días. La presentación es buena pero bastante genérica. Es cuando se sienta a mi lado que aprecio su perfil. El caballete ligeramente pronunciado y el pelo corto corto, como a mi me gusta. Ya he mencionado que soy usuaria habitual del transporte público, por lo que me conozco todas las triquiñuelas para hacer un repaso de alguien interesante, empezando por el reflejo de la ventana de enfrente. Lástima que la pareja joven me bloquee las vistas. Recurro a mirar hacia el fondo del vagón, hacia el avisador de paradas, hacer que ojeo a la chica de pelo rojo y tatuajes sentada al otro extremo de nuestro banco. Enseguida me doy cuenta de que él también es usuario habitual, Me estoy dando perfecta cuenta de que se está estirando para tratar de ver mejor mi reflejo. Hace uso de su móvil de forma distraída, pero esa estrategia es de principiantes…es tan obvio cuando uno coge el móvil sin realmente necesitarlo…
Llega la parada de la pareja joven y se bajan del metro deshaciéndose en carantoñas ¡Por fin! ¡Buenas vistas! Pero de nuevo, como observadora experta en distancias cortas, soy consciente de que hay que evitar mirar directamente, si no la presa se espanta y no queremos que pierda el interés. Me cuesta no mirar directamente porque quiero asegurarme de que es tan guapo como me pienso. Demasiadas veces los perfiles me hacen creer que estoy ante un deleite visual para que luego, en el momento de ver el reflejo directo, me pegue un susto de esos que hacen dar respingo. Pero por suerte para mí, éste era un 29 de febrero. De esos que llegan cada cuatro años y una vez que se van, sabes que va a pasar mucho tiempo hasta que llegue el siguiente.
Al darme cuenta del buen ejemplar que tengo delante, empiezo a fantasear. Mi parada es la penúltima de la línea y me imagino que el metro, como tantas otras veces, se vacía durante el trayecto. Estando solos, habiendo cruzado miradas de esas que van con chispas (porque eso es lo bueno de los extraños guapos del metro, sabes que no los volverás a ver y te permites ofrecer miradas más intensas), me imagino que desvío la mirada del reflejo de la ventana de enfrente para mirarlo directamente. Se siente observado, y avergonzado y curioso a la vez por la situación, me devuelve la mirada. Estando así, cara a cara, me inclino hacia delante y le doy un beso, suave, en sus labios desconcertados, con el tiempo justo para bajarme del metro sin que él pueda reaccionar. No quiero su número, no quiero su nombre. Ni siquiera quiero el color de sus ojos. Simplemente quiero probar sus labios. Los labios de un extraño guaperas que me cruzo una noche en el metro.
De nuevo mis fantasías me llevan a otro planeta del que regreso a tiempo de ver al chico bajarse del vagón demasiado pronto. Pero mi sobresalto al salir de mi trance no evita que pueda hacer un buen repaso al único elemento que me faltaba, el final de su espalda o lo más alto de sus piernas. Contenta con el repaso completo me quedo más tranquila, porque los he visto mejores.
Otra noche que acaba pronto. Justo hoy tenía ganas de salir hasta un poco más tarde… al menos llego a tiempo de coger el metro. Toca esperar un par de minutos y me entretengo mirando a la gente. De pronto me doy cuenta de lo ruidosa que es esta estación y la cantidad de extranjeros que esperan conmigo a que llegue el tren. Puedo oír a un grupo de franceses en el andén de enfrente hablar entre risas mientras un rezagado se esfuerza por hablar inglés para dar indicaciones a un nórdico que quiere ir a la Sagrada Familia. Por mi izquierda, a lo lejos, oigo una especie de flauta de pan tocando la banda sonora de algún Western, mezclándose con la melodía que me llega por mi derecha del hombre asiático que estaba tocando un instrumento de cuerda con sonidos muy orientales a la entrada de la estación. Esta conglomeración acústica internacional me hace pensar en lo mucho que se viaja hoy en día para conocer culturas con las que en realidad convivimos en el día a día.
Absorta en mis reflexiones sobre la globalización, me monto en el metro semivacío que acaba de llegar. Es un acto reflejo, mecánico, que permite a mi cuerpo reaccionar a la llegada del metro mientras mi cabeza está en otro planeta. Me saca de mi trance un chico con el que me cruzo al entrar, sale demasiado tarde del metro y las puertas le pillan la mochila. Pero tira de ella con fuerza y la desengancha. La escena me hace soltar una carcajada que contagia a los del banco de enfrente. Entonces me fijo. Una mujer disfrazada de los años veinte y una pareja joven con una bolsa de papel en la que quiero adivinar que llevan un postre para alguna cena con amigos. Las risas llevan a una conversación. Estoy a una distancia que me permite participar, pero como pasajera habitual del transporte público, me limito a desviar la mirada y afinar el oído. Ella actúa en un pequeño espectáculo. Ellos (efectivamente) tienen una cena. La conversación es interrumpida por silencios acompañados de sonrisas y nuevos comentarios que reavivan la conversación brevemente. Por eso mismo decidí no participar, porque una vez que inicias el diálogo en el metro no hay forma de saber cuando se acaba. Uno se resigna a esperar a que llegue la parada que pondrá fin a la conversación, ofreciendo mientras tanto comentarios amables al extraño que se muestra demasiado entusiasmado con hablar con alguien.
En este caso, llegó la parada de la mujer disfrazada. Mientras se bajaba del metro deshaciéndose en despedidas que la joven pareja respondía amablemente, un chico se monta en el tren. Es alto, moreno, con barba de par de días. La presentación es buena pero bastante genérica. Es cuando se sienta a mi lado que aprecio su perfil. El caballete ligeramente pronunciado y el pelo corto corto, como a mi me gusta. Ya he mencionado que soy usuaria habitual del transporte público, por lo que me conozco todas las triquiñuelas para hacer un repaso de alguien interesante, empezando por el reflejo de la ventana de enfrente. Lástima que la pareja joven me bloquee las vistas. Recurro a mirar hacia el fondo del vagón, hacia el avisador de paradas, hacer que ojeo a la chica de pelo rojo y tatuajes sentada al otro extremo de nuestro banco. Enseguida me doy cuenta de que él también es usuario habitual, Me estoy dando perfecta cuenta de que se está estirando para tratar de ver mejor mi reflejo. Hace uso de su móvil de forma distraída, pero esa estrategia es de principiantes…es tan obvio cuando uno coge el móvil sin realmente necesitarlo…
Llega la parada de la pareja joven y se bajan del metro deshaciéndose en carantoñas ¡Por fin! ¡Buenas vistas! Pero de nuevo, como observadora experta en distancias cortas, soy consciente de que hay que evitar mirar directamente, si no la presa se espanta y no queremos que pierda el interés. Me cuesta no mirar directamente porque quiero asegurarme de que es tan guapo como me pienso. Demasiadas veces los perfiles me hacen creer que estoy ante un deleite visual para que luego, en el momento de ver el reflejo directo, me pegue un susto de esos que hacen dar respingo. Pero por suerte para mí, éste era un 29 de febrero. De esos que llegan cada cuatro años y una vez que se van, sabes que va a pasar mucho tiempo hasta que llegue el siguiente.
Al darme cuenta del buen ejemplar que tengo delante, empiezo a fantasear. Mi parada es la penúltima de la línea y me imagino que el metro, como tantas otras veces, se vacía durante el trayecto. Estando solos, habiendo cruzado miradas de esas que van con chispas (porque eso es lo bueno de los extraños guapos del metro, sabes que no los volverás a ver y te permites ofrecer miradas más intensas), me imagino que desvío la mirada del reflejo de la ventana de enfrente para mirarlo directamente. Se siente observado, y avergonzado y curioso a la vez por la situación, me devuelve la mirada. Estando así, cara a cara, me inclino hacia delante y le doy un beso, suave, en sus labios desconcertados, con el tiempo justo para bajarme del metro sin que él pueda reaccionar. No quiero su número, no quiero su nombre. Ni siquiera quiero el color de sus ojos. Simplemente quiero probar sus labios. Los labios de un extraño guaperas que me cruzo una noche en el metro.
De nuevo mis fantasías me llevan a otro planeta del que regreso a tiempo de ver al chico bajarse del vagón demasiado pronto. Pero mi sobresalto al salir de mi trance no evita que pueda hacer un buen repaso al único elemento que me faltaba, el final de su espalda o lo más alto de sus piernas. Contenta con el repaso completo me quedo más tranquila, porque los he visto mejores.
Poema de amor abrázame
Muy buenas en esta entrada les traigo este hermoso poema llamado abrázame, escrito por mi, espero les guste, esta inspirado de mi parte,ojala que les sea mucho se su agrado es muy lindo y tierno y esta realmente inspirador, un poema así que a muchas parejas les gustaría escuchar es una de las cosas mas tiernas que uno puede hacer, si alguna vez tienen a su pareja enojada no olviden leerle un poema, dedicarle una canción etc, esa es una de las cosas mas lindas y mas conmovedoras, y tengo la certeza completamente de que un detalle así puede conmover incluso a la roca con el corazón mas duro, ya que no hay nada como unas frases que las cuales llegan totalmente al corazón, asi que como ya les dije espero que lo disfruten y se inspiren en estas hermosas palabras de amor que se encuentran redactadas aquí en esta entrada.
Abrázame como si hiciera mucho tiempo que no me vieras, como si me hubieras echado de menos, como si este momento fuese el que llevas siglos esperando.
Abrázame como si no me quisieras dejar ir, como si solo quisieras estar conmigo, como si nunca quisieras que nos despidiéramos.
Abrázame con todas tus fuerzas, como si la fuerza del abrazo midiese lo que este significa. Abrázame hasta dejarme sin aire, mientras noto tus brazos a mi alrededor. Abrázame hasta que pueda sentir tu respiración.
Abrázame como si nos estuviéramos despidiendo en mi portal, como después de ese primer beso, como tantos abrazos especiales que me has dado.
Abrázame como si solo estuviéramos nosotros dos en el mundo, como si nadie nos viera, como si nadie nos importase.
Abrázame como si quisieras consolarme, como si quisieras demostrarme cuánto te importo, como si supieras cuanta falta me hace tu abrazo.
Abrázame como si estuviese prohibido, con ese morbo que da hacer las cosas que no puedes. Abrázame como si nos estuviéramos escondiendo para abrazarnos, como si fuera irracional, estúpido o malo.
Abrázame como si te diera miedo que me separe de ti, como si no quisieras perderme, como si dejar de abrazarme significase no poder estar juntos nunca más.
Abrázame como si fuera nuestro último abrazo.
Abrázame como quieras, pero por favor, abrázame.
Abrázame como si no hubiera mañana,
imagínate que es la ultima vez que estamos juntos
mirando el atardecer y mirando las estrellas.
Abrázame como que el mundo se acabara
como si se viniera el fin del mundo
ya que si no estoy con tigo a tu lado mi mundo no existe
por lo cual ya no tendría ningún sentido vivir
para mi tu lo eres todo mi mundo mi planeta
mi universo mi galaxia.
Abrázame y dime que me amas
que estarás siempre con migo
así como yo lo estoy con tigo
has eme sentir que a tu lado no va a existir ningun sufirmiento
que al estar con no existe tristesa ni nada que se le asemeje
por que al Abrazarte siento tu calor, tu aroma, tu tibio pecho
y se que al abrazarte y estar Cerca tuyo me siento mejor por que te amo.
Espero les aya gustado, o al menos conmovido, y si les gusto compartan lo en sus redes para que de esa forma otras personas lo vean, y si les provoco algo internamente escriban lo en los comentarios para de esa forma poder ver cual es la reacción de cada uno de ustedes ante esto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

